“… me lleva él o me lo llevo yo”

“Me sentía tan mal, tenía tanto tiempo siendo infeliz que cuando escuché a Carlos Vives, dije: me lo llevo yo”.

Así fue como decidió separarse del padre de sus hijos, quien le insistió hasta el cansancio que lo intentaran, que no se divorciaran, que era posible la pareja. Pero ella se mantuvo en su posición.

Lo difícil es que al año de aquella decisión, a él se lo llevó Dios de un infarto fulminante. Así, ella pasó de divorciada a viuda con sentimiento de culpa.

Se enteró de que unos meses antes él había tenido un episodio que habría podido indicar que tenía una afección cardíaca, pero como ella –que es médico- no estaba con él no lo supo. Más culpable aún.

“Lo hubiera podido salvar, le hubiera evitado el dolor a mis hijos, hubiera…”. Lo cuenta sin drama, pero en la mirada y cadencia de su voz se siente que quisiera retroceder el tiempo y haberlo hecho distinto.

Sin conocerla, me atreví a seguir preguntándole con la intención confesa de escribir esta entrada, porque sentí que su historia de desamor y dolor está llena de mujerabilidad, esa que la hizo criar al hijo de él y seguir cuidándolo como si fuera de ella aunque él no esté más; esa que la hace decir que es viuda preguntándose si hubiera podido ser mejor.

Al final de nuestra conversación sentí reafirmada en mí la certeza de que los “hubiera” no existen, pero lo más importante, esa ficción autoconstruida hace un daño terrible a nuestra paz interior.

Lamentablemente no hemos logrado comprender en profundidad la vida y la muerte, estamos apegados a la familia, las emociones gratas, las alegrías, y rechazamos las pérdidas, las tristezas y las soledades a tal punto que llegamos hasta convertirlas en secretos o enfermedades.

Lo que resistes persiste es una de esas máximas de la psicología actual, es por eso que cuando rechazamos la parte dolorosa de la vida, se repite una y otra vez, hasta que aceptamos, perdonamos, asumimos nuestra cuota de responsabilidad.

Con esto solo quiero decir que podemos y debemos llorar por algo que nos duela, pero pensar en lo que hubiera pasado es el peor de los daños, porque no nos permite tomar el aprendizaje de la circunstancia para crecer y mantenernos en paz aunque la situación sea adversa.

Nos invito a buscar lo positivo de la adversidad, sin exageraciones, pero sin dramatismos, estoy segura de que nos será posible construir así un mundo más sano y basado en el amor concreto.



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