Meditación cristiana: actividad y energía

Meditación cristiana: actividad y energía

Meditar no significa cambiar mi vida cotidiana y las actividades que normalmente realizo, ni mucho menos aislarme o separarme de mis intereses u obligaciones.

La decisión de meditar implicó abrir un espacio, mejor dicho dos espacios de tiempo en mi día: uno en la mañana y uno en la noche. Los obstáculos e imprevistos para evitar meditar aparecen siempre. Enfrentarlos con sinceridad y humildad fueron enseñándome la mejor manera para evitar, aunque no suprimir, la evasión. Así, meditar al levantarme para mí es lo ideal, en aquellos días donde tengo actividades muy temprano y pospongo la meditación para después, generalmente no la hago. Una actividad se pega con la otra y la meditación se va posponiendo, nunca le llega su tiempo.

Las actividades ordinarias de nuestra vida no están aisladas de la meditación. Los tiempos establecidos para ella, la fidelidad en la repetición del mantra, nos hacen conscientes de que mientras la practicamos soy un «ser en acción-activo-vivo». Esta acción representa un despliegue de energía que ordena y focaliza nuestro misterio personal. 

No es meramente pasiva, es a la vez inmóvil y enérgica y esto se demuestra por la experiencia directa e inmediata de perseverar en el camino hacia la cima de la montaña. 

La fe necesaria para transitar el camino debo acompañarlo de coraje, perseverancia y compromiso.



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