Meditación Cristiana: ¿Cómo me inicié?

En un grupo de oración ignaciana al que pertenezco, en algún momento hace ya unos años, alguien habló de Meditación Cristiana e invitó a una charla de Laurence Freeman en Caracas. Me interesó tanto que fui a la charla… después, entre en la página web de la Comunidad Mundial para la Meditación Cristiana (www.wccm.org) y ahí me decidí a empezar este viaje de la meditación. ¡Decidirme fue lo que necesité para iniciarme en la meditación cristiana! Con las indicaciones que encontré en la página mencionada mi interés creció y creció… comencé a meditar diariamente, en la mañana y en la noche, venciendo los obstáculos que suelo ponerme para cualquier actividad de esta tipo que emprendo. No sin dificultad y con mucho compromiso de seguir, he continuado esta peregrinación en la cual progresivamente descubro mis raíces, mi potencial… y sobre todo el retorno a mi fuente…. ¡Dios!

Lo primero que descubrí es que la meditación es un estado de simplicidad que va más allá de todo pensamiento y toda imaginación, ahí es donde descubrimos la presencia de Dios en quien vivimos y nos movemos.

Es esta simplicidad la que nos conduce a un desarrollo maduro de nuestra inocencia original…. Dios nuestro Padre, envió a su Hijo Jesús, a traernos ese amor. Lo maravilloso del cristianismo es que la invitación es para todos.

Sin embargo, estamos siempre tan ocupados, como Martha en el relato evangélico, que no tenemos tiempo de darnos cuenta del manantial de amor que fluye en nuestro corazón.

El encuentro de este amor requiere quietud y silencio. Además de la disposición a encontrarlo, de disciplina y la humildad de aceptar que lo alcanzaremos, atravesando las distracciones, solo por voluntad de Dios.



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