Meditación Cristiana: Desapego

En esto les debo parecer repetitiva, la meditación cristiana es un camino simple, pero arduo y demandante. Requiere de templanza para separar la atención sobre nosotros, dejar de lado ideas, preocupaciones, atenciones… centrándonos en el corazón: es como el ojo que puede ver, pero que no se puede ver a sí mismo; este tránsito requiere de Fe  -compromiso- que va más allá y es más grande que nosotros mismos. Dice Jesús «Si alguno quiere ser discípulo mío, olvídese de sí mismo, cargue con su cruz y sígame» (Mateo 16, 24). También requiere de mucha humildad, esta, junto al silencio y la repetición del mantra MA-RA-NA-THA, ayudarán a callar a nuestro ego.

Algo que afecta este camino es estar el pendientes y preocupados por nuestro progreso. El desafío consiste en querer saber qué ocurre? Sin embargo, no importa lo que ocurre. Lo único importante es repetir el mantra y continuar repitiéndolo durante todo el tiempo de la meditación. En general los principiantes experimentamos la meditación como una absoluta pérdida de tiempo con una continua interrogante: ¿qué estoy sacando de esto? nada, qué ocurre? nada.

A pesar de que vemos que nada ocurre, nuestra fe nos mantiene meditando: por ella sabemos que vamos a entrar en contacto con un gran y glorioso médico. A la vez nos unimos con los hombres y mujeres, que a través de los siglos, han comprendido que la sabiduría más grande consiste en dejar el yo de lado como lo dijo Jesús: «A no ser que dejen su yo de lado no podrán ser mis discípulos». Ellos comenzaron el camino hacia la absoluta libertad de espíritu, lugar donde desaparecen todas las limitaciones personales y se entra en la infinita generosidad del amor de Dios.

Durante el tiempo de meditación entramos en la realidad del momento presente y en consecuencia acallamos nuestro ego y a ese estado egoísta que siempre nos saca del presente, lamentándose del pasado o fantaseando con el futuro. Meditar es aprender a estar presente en quietud: “Permanezcan en quietud y sabrán que soy Dios” (Salmo 46, 10).

Es paradójico cómo la meditación representa el camino del desaprender. Desaprendemos nuestras actitudes materialistas y aun nuestras actitudes religiosas. En ese momento nos hacemos conscientes de lo que ha ocurrido y de lo que ocurre eternamente, nos despertamos y cuando esto sucede, quedamos alertas y ya no nos aburriremos más. Vaciar totalmente nuestro ego, o sea el total abandono de nuestros pensamientos, imaginaciones, intuiciones, y también de nuestras propias oraciones, representa el objetivo por lograr. Para que me entiendan, es como atravesar las imágenes, sobre todo la imagen que tenemos de nosotros mismos, logrando con el tiempo irnos despojando de todas las máscaras que nos ocultan, identificándolas y dejándolas de lado. Es ahí que comenzamos a ser, en completa simplicidad, la persona que realmente somos. Estos momentos importantes del camino revelan la apertura hacia la oración de Jesús en nuestro corazón.

Finalizo repitiendo lo que les decía al principio, romper la prisión del ego se logra por la disciplinada repetición de la palabra. Si a partir de esta disciplina, logramos estar disponibles, si podemos estar allí, todo lo demás nos será otorgado. Todo será un don. Al repetir el mantra nos abandonamos en lo profundo, descansamos ahí en la realidad que es la presencia consciente del mismo Dios y de su poder. Es un poder absolutamente benevolente que solo podemos describir con la palabra «amor».

 



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