Meditación cristiana: rueda de la oración

Meditación cristiana: rueda de la oración

Me gusta pensar que la oración es como la rueda que mueve nuestra vida espiritual. Imagínate tu coche y sus cuatro ruedas. La finalidad de estas es mover el carro. Para que el carro entre en movimiento la rueda requiere inmovilidad en el centro y establecer contacto con el suelo. El movimiento se va produciendo con el tiempo y en el lugar apropiado.

Siguiendo con la comparación, los rayos de la rueda representarían las diferentes formas de oración. Estos rayos convergen y están unidos por un aro central, que a su vez hace girar la rueda. Todas las formas de oración son válidas y dan resultado. Dentro de ellas tenemos la Eucaristía, los sacramentos, el rosario de María, lectura de las Escrituras, la petición, la intercesión, etc. Ese eje central es inmóvil y sería equivalente a la Oración de Cristo que habita en nuestro corazón. La meditación es la oración que nos va a conducir a esa quietud central, Cristo dentro de nosotros, desde ahí Él a su vez es la fuente de nuestro movimiento hacia Dios. Esta dependencia entre movimiento e inmovilidad es la relación entre la acción y la contemplación de la cual hemos ya conversado y que están representadas en el símbolo de la meditación cristiana por dos palomitas en la copa de vino: Marta y María (Lucas 10, 38-42).

La oración contemplativa no es privilegio de monjes y místicos, más bien es una dimensión de la oración a la que todos somos llamados. No representa experiencias extraordinarias ni estados alterados de conciencia. La meditación contemplativa, en nuestra vida ordinaria, forma parte del misterio de la oración en la vida de todos los que buscamos la plenitud del ser.

La meditación es una vivencia, es decir una experiencia, no una teoría o forma de pensamiento. En ella vemos como nuestro cuerpo participa en esta experiencia de la oración, dejando de ser una barrera entre Dios y nosotros. Brevemente recordando las reglas verán como participa nuestro cuerpo: siéntate con el cuerpo relajado, en quietud, pero alerta y despierto. Mantén la espalda recta. Respira (inspira-expira) normalmente. Delicadamente cierra los ojos, si te sientes alterado, tomate un ratico para oír una música apropiada, o hacer algunos ejercicios relajantes. Solo entonces empieza a recitar tu mantra: Ma-ra-na-tha. Repítela durante todo el tiempo de la meditación (20 minutos para principiantes, dos veces al día: mañana y tarde).

Al momento de comenzar verás como empiezan a aparecer las distracciones, no luches contra ellas (ya sean pensamientos, imágenes, sentimientos). Presta atención al mantra, retorna a el suave y fielmente durante todo el tiempo de meditación y cada vez que te des cuenta de la distracción; trátalas como un ruido de fondo y apártalas con el mantra. Se humilde, paciente, no juzgues cómo lo haces: el éxito o el fracaso no son términos relevantes para describir la experiencia. Estos son términos usados por el ego y este representa nuestro máximo objetivo: dejar atrás el yo, el ego. Mantén tu sentido del humor, sin subestimar la perseverancia que necesitarás o la gracia que recibirás. Que rápido nos damos cuenta de que nuestra mente es como una selva espesa llena de ruido y de ramas. Es el mantra que nos conducirá fielmente por el camino, evitando las ramas de la espesa selva, y con el tiempo nos llevara al espacio abierto del corazón.



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