Meditación potable

Ilustración de José Alejandro Ovalles [email protected]

Para meditar me levanto cada mañana a las 4 de la madrugada, enciendo velas e inciensos y luego me siento en posición de loto sobre un delicado cojín de algodón orgánico. Durante 2 horas pongo mi mente en blanco y en muchas oportunidades alcanzo un estado de éxtasis absoluto. Para terminar recito un largo mantra en sánscrito que resguarda mi estado de iluminación ante los mundanos asuntos que inevitablemente me esperan.

¿Me crees? Espero que no, porque es mentira.

Para meditar no tengo ritos y me basta el gastado cojín que por casi diez años me ha acompañado. Me siento, respiro y presto atención a las sensaciones en mi cuerpo. Como si fueran olas en el mar, observo las emociones y sentimientos que surgen y desaparecen. En ocasiones disfruto el silencio entre un pensamiento y otro. En otras me invade una sensación de gozo o un dolor en las rodillas. Cuando suena la alarma estiro las piernas, despierto a mi familia y les preparo el desayuno. No hay mucho más.

Bueno, sí hay. El resto del día puede que transcurra con mayor calma y menos angustia. Meditar no me ha transformado en un santo, pero sí en una persona que aprecia y disfruta más la vida.

¿Has experimentado esta práctica alguna vez? Te aseguro que es más fácil de lo que crees.

Existen mucho mitos en torno a la meditación y uno de los más comunes es que debes poner la mente en blanco. “Meditar no se trata de detener nuestros pensamientos o vaciar la mente” dice el best-seller Deepak Chopra “ambos intentos solo crean estrés y más ruido interno. No podemos detener o controlar nuestros pensamientos, pero sí podemos decidir cuánta atención prestarles”.

Esta es la clave, así de sencilla: cuando pones atención al río de pensamientos que fluye constantemente, dejas de identificarte con esos productos mentales y te conviertes en un observador consciente. Así conectas con tu verdadera esencia, y de paso, obtienes beneficios como la reducción del ritmo cardíaco y la presión arterial, un aumento de la sensación de bienestar, e incluso, un mejor sueño.

Cada vez surgen más estudios demostrando los cambios que ocurren en el cerebro de los meditadores. Las áreas ligadas a la empatía, la memoria y la reducción de estrés se refuerzan, así como una actitud ecuánime y flexible. Y no tienes que irte una década a los Himalayas para que esto suceda: ya con las primeras meditaciones llegan los cambios y en 8 semanas se hacen más que evidentes.

Otro mito común es la falta de tiempo. Pero unos minutos son mejor que nada, y en la medida que vas creando el hábito, encontrarás que siempre existe el tiempo para sentarte y respirar. Como le sucede a los corredores, una vez que conviertes la práctica en parte de tu día es sencillo abrirle espacio. En mi caso es lo primero que hago en la mañana, porque de otra forma comienzo a postergar el momento hasta que ya es muy tarde en la noche y tengo sueño.

Y no tengas expectativas de una levitación vaporosa o una iluminación express. Como dice Chopra, este no es el objetivo de la práctica. “Los verdaderos beneficios están en lo que sucede en las otras horas del día cuando estamos en nuestra vida cotidiana”. Es cierto: la quietud y el silencio de esos minutos meditando son los mejores aliados para luego navegar las aguas no siempre mansas de la cotidianidad.

 



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