Meditar para manejar de manera más efectiva el dolor crónico

Meditar para manejar de manera más efectiva el dolor crónico

La experiencia de dolor crónico es intensa y desoladora. Padecerla implica vivir limitaciones y restricciones muy importantes en la calidad de vida. Lo que muchos de nosotros no sabemos es que el 30 % de la población mundial sufrirá en el corto plazo de algún tipo de dolor crónico, habida cuenta del aumento de la esperanza de vida, la supervivencia al cáncer y la obesidad, entre otras cosas.

Ahora bien, ¿qué es el dolor exactamente? La experta en Mindfulness Mercedes Méndez, psicóloga y a cargo de la atención de pacientes con fibromialgia, cefaleas y dolor crónico de Ineco, nos dice que “La Asociación Internacional para el Estudio del Dolor (IASP International Asociation for the Study of the Pain ) define el dolor como una experiencia sensorial y emocional desagradable, asociada a una lesión tisular real o potencial o que se describe en términos de tal daño». Y agrega, siguiendo a Patrick Wall, que “el dolor puro nunca se registra como una sensación aislada. El dolor siempre va acompañado de emociones y de significado, lo que explica que cada dolor sea único”. La palabra “dolor” se refiere a una clase que combina elementos sensoriales y emocionales. Contiene muchas formas de dolor diferentes, cada una de las cuales constituye una experiencia personal y única de quien la sufre. Por eso se habla de percepción del dolor a esa experiencia subjetivísima de sentirlo.

El dolor, parte de nuestra vida

Mercedes señala que “tarde o temprano todos debemos afrontar el dolor de alguna manera. Nadie escapa a la experiencia del dolor en alguna de sus formas. Por otro lado nuestro organismo tiende a reaccionar frente al dolor, a querer hacer algo con esa sensación tan desagradable que aparece. En términos generales nuestra reacción típica frente a este malestar oscila entre intentar distraernos de él y luchar contra él, pero la realidad es que ninguna de estas estrategias funcionan, sobre todo a partir de cierta intensidad del dolor. Además sabemos que como el dolor es una experiencia implica una gama infinita de emociones, pensamientos, preocupaciones y sentimientos que muchas veces agregan mayor malestar a la experiencia sensitiva pura (preguntarnos por qué nos pasa, cuál es la causa, creer que es injusto, sentir que tenemos que hacer más cosas para calmarlo..). Y como si esto fuera poco, la persona aquejada de dolor crónico suele ver afectada su vida cotidiana, su funcionamiento, sus hábitos e incluso la capacidad de relacionarse con los otros, lo que genera aún más sufrimiento. Esto hace todavía más difícil encontrar una forma más eficiente de relacionarnos con el dolor”.

Convivir con el dolor: mindfulness como una gran herramienta

La licenciada Méndez también reflexiona que “el hecho de que tanta gente padezca de dolor ha llevado a los especialistas a estudiar y conocer cuáles pueden ser las herramientas que nos den respuestas valiosas para manejarlo. Pero, lo más importante, cómo aprender a construir una mejor relación con el dolor. Una de estas herramientas es el Mindfulness. Su enfoque nos recuerda que el significado del término rehabilitar es el de re-habitar. La práctica de Mindfulness nos permite, con independencia del dolor que uno pueda estar experimentando, dejar de huir y re habitar el cuerpo de un modo más armónico y relajado. Más allá del diagnóstico o la causa del dolor, donde muchas veces nos quedamos atrapados y atascados, podemos encontrar formas más adecuadas de gestionar el dolor”. Este es un paso clave, el aceptar que no necesariamente debemos eliminarlo para avanzar en su gestión adecuada.

“El entrenamiento en la atención plena –continúa Mercedes-, es decir, volvernos más concientes del aquí y ahora del dolor, de este dolor y de todas sus sensaciones, y a su vez reconocer las emociones y pensamientos que las acompañan, nos permite des-identificarnos de éstos y relacionarnos con la experiencia más directa y sutil del dolor. Ser curiosos y amables con lo que nos está sucediendo con toda la incomodidad real que el dolor implica, pero experimentando el dolor momento a momento, sensación a sensación, para que ya no sea EL dolor, sino una colección y sucesión de sensaciones, más abarcables y habitables.

Lo que siempre decimos: entrenar el cerebro

Grant y Rainville, dos investigadores que indagaron sobre áreas del cerebro asociadas al manejo del dolor en personas que meditan, encontraron que existía en ellas una activación de regiones que procesan la experiencia sensorial como el tálamo, la ínsula y además activación en un área que procesa la evaluación del dolor, el cortex prefrontal.

Curiosamente, esta activación no sólo ocurría mientras practicaban, sino en momentos de la vida diaria. Evidentemente estas personas eran meditadores con un entrenamiento activo en la práctica contemplativa.

Esto nos regresa al punto que siempre enfatizamos: hay que entrenar el cerebro para producir cambios cognitivos, emocionales y conductuales.

Para Mercedes Méndez, es evidente que es así, “se trata de un modo de relacionarnos con esa experiencia de dolor que se aprende día a día, como cualquier otro entrenamiento, pero que de alguna manera nos enseña que restableciendo contacto con lo que nos pasa, contactamos con nuestra completud y totalidad (a pesar del dolor) y así establecemos nuevos acuerdos con nosotros mismos y nuestro sufrimiento. Se trata de un cambio perceptual que nos aleja de la fragmentación y el aislamiento y nos aproxima a la conexión. Nos conduce desde la impotencia y pesimismo a una sensación de lo posible, generando aceptación y paz interior”.



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