Memorias de una amante

¿Quién de nosotros -porque me incluyo- no ha sido alguna vez la (el) otra (o) de alguien?, ¿Quién de nosotros no ha tenido celos de algún (a) otro (a) en algún momento?, ¿Cuántos insultos hemos tenido que aguantar -y peor, cuando nos insultan a nuestras espaldas- de las (os) llamadas (os) «señoras (es) de la relación»? y ¿Cuántas veces fuimos nosotros quienes ocupando el lugar de los «señores», proporcionamos esos ataques?, ¿Quién les dijo a esas (os) «señoras (es)» que ser la (el) otra (o) es sinónimo de gozo/alegría/felicidad?, ¿Quién sabe cuánto sufrimiento existe detrás de esa tan mal vista figura?, ¿Nos hace menos el hecho de ocupar ese lugar o las (os) hace menos a ustedes por tener reemplazo?

Me es imposible recordar ahora con exactitud los cientos de temas musicales dedicados a «las (os) otras (os)»; y es que, podría parecer una exageración pero a decir verdad, ese tan aborrecido título va tomando cada vez más auge dentro de las relaciones del siglo XXI; acusaciones mal infundadas, ataques verbales -y telefónicos-, insultos, trato denigrante, humillaciones y así, una gran cantidad de «premios» se suman a la lista ganadora a la que tienen acceso los que deciden encadenarse a un amor ajeno.

Siempre hay desaprobación para ellos, siempre son los culpables de la desgracia; quienes se metieron por los ojos de una persona fiel y la obligaron a ser infiel sin arrepentimiento, son los únicos y absolutos responsables de vivir sólo aventuras color de rosa, viajes lujosos y vida de felicidad; los que al parecer del mundo aman estar a la sombra de la figura de la (el) que, ante la sociedad; es «la (el) legal».

No es extraño que siempre que este tema se toca exista una mujer molesta que le hable a su pareja y le exija: «A esa, que te aparta de mi, que me roba tu tiempo tu alma y tu cuerpo, ve y dile, que venga, que tenga valor, que muestre la cara y me hable de frente si quiere tu amor, a esa, que cuando está contigo va vestida de «princesa», a esa, que no te hace preguntas y siempre está dispuesta, a esa, que le puede costar hacerte feliz una hora por día, a esa, no le toca vivir ninguna tristeza todo es alegría, a esa vete y dile tú, que venga»; si, tan normal como si ocurriese todos los días y es que, así ocurre pero, -ahora dirijo mis palabra a las (los) señoras (es)-: ¿Cree usted que realmente les es permitido ir de su mano vestida (o) de luces?, ¿De verdad cree que no le cuesta nada sólo una hora de felicidad al día a cambio de 23 horas de tortura?, ¿Cree usted que todo es alegría en su relación?, ¿Es que acaso podría usted sentirse completa (o) teniendo a la persona que ama por tan sólo una hora cada día?, ¿Lo podría hacer?, y si usted NO lo haría, ¿Porqué cree que ella (él) sí?

Juzgamos, condenamos, despreciamos, atacamos, irrespetamos y peor aún, nos permitimos opinar sin siquiera pisar los zapatos de aquellos que a nuestros ojos nos han «robado» a nuestro amor. Denigramos, culpamos, insultamos, aborrecemos y aún peor, nos sentimos las únicas y exclusivas víctimas ante el ultraje al que hemos sido sometidas (os). He escuchado a muchas (os) responder al ataque y muy dignamente mirar a la cara de su rival y explicarle «No te he robado nada, no me estoy alimentando de algo tuyo, por un poco de buen gusto y de orgullo, tu deber es ignorarme y quedarte callada (o)…No te he robado nada, por favor evita todo comentario, el amor es una flor de riego diario… En tu cama no exista fuego alguno, se bañaba y de ropa se cambiaba más de aquello indispensable sólo había un completo ayuno, no te he robado nada», y no, no se ha robado nada porque, ¿cómo puede robarse algo que no es suyo? Vivir tras una sombra es vivir siempre en la oscuridad, ¿Le gustaría a usted «señor (a)» subsistir en penumbras?, ¿Cree usted que existen colores donde un cielo gris es lo único que los ojos de esa (e) otra (o) alcanzan a ver?

¿Qué tan de piedra podría tener el corazón si alguien la (o) mirara fijamente y le dijera: «El perfume de su almohada tu lo conoces bien y la humedad de sus sábanas blancas también, que suerte la tuya que puedes tenerlo (a) a tus pies, sintiendo en tu boca sus besos que saben a miel, quien como tú, que día a día puedes tenerle, quien como tú, que sólo entre tus brazos se duerme… Esas noches de locura tú las disfrutas bien y entre sus brazos las horas no pasan, lo se», ¿Fuerte verdad?, es como darle una pequeña razón para hacerla (o) meditar y entender que quizá las cosas no son tan color de rosa como usted creía; que añorar los brazos que a usted la (o) abrazan, que no tener el derecho de sentir los besos que a usted pueden darle, que no poder tenerle ni dormir en sus brazos, que no poder disfrutar de una noche sino de «ratos» duele, hace daño, hace sufrir.

Es algo parecido a lo que usted sentiría al escuchar a su confidente y mejor amiga (o) al teléfono con ese amor prohibido y confesarle: «No es fácil seguir contigo te juro que no es fácil, hay que callarse tantas cosas para amarte, hay que perder cada vez más para ganarte; no es fácil, seguir contigo te juro que no es fácil y me da pena darme cuenta ahora que es tan tarde, para entenderme, para ayudarme… Hay que estar en mi lugar y saber lo que es esperar y esperar, hay que estar en mi lugar y tener que seguir y seguir y callar, hay que estar en mi lugar y sentir en el alma y la piel soledad de un amor que ella tiene y yo mendigo, que alimento sin ser mío»… verla (o) llorar y secar sus lágrimas con la rabia de no poder hacer nada para ayudarla (o) a salir de ahí.

¿Podría siquiera «señor (a)» imaginarse en una situación como esta y que sea a usted a quien le toque vivir un amor compartido, a quien le toque llorar y extrañar, soñar y esperar, sufrir y callar?, ¿Se lo podría imaginar?, podría pensar al menos una vez en lo que se sentiría mirar a ese amor de lejos y pensar: «Ese abrazo que nos damos los dos cuando nos saludamos, ese beso que se escapa de mi cuando nos encontramos, huele a peligro estar contigo; existe un algo entre los dos, esa manera de sentir que no es de amigos… Ese rato cuando hablamos los dos esquivando miradas, que pensamos que la gente está ciega que al fin la engañamos… huele a peligro el sólo hecho de acercarme y conversarte con el pretexto de que de algo quiero hablarte, un sólo paso en falso y nada ya nos puede detener… Y le dolería, estoy totalmente segura de que le dolería y de que no sabría aguantar amando en silencio como lo hace ella (él) para que usted no sufra, y en cambio, usted le exigiría todo lo que ella por respeto a su persona, no le ha exigido jamás y le obligaría «confiésaselo a ella, dile lo mismo que un día me dijiste a mi; que no eres libre, que hay alguien que te ama, a ver si acepta compartirte como yo»; pero la verdad es que usted no está aceptando compartirle porque «compartir» no es algo que pueda hacerlo cualquiera y menos, es algo que sepa hacerlo cualquiera. Para compartir mi querido (a) señor (a) se debe amar lo suficiente como para sacrificarse a tal magnitud de conformarse con lo muy poco que él (ella) le pueda dar para con eso respetar lo que en su vida es importante y todo a cambio de no perder su amor; ¿Se sacrificaría usted a ese nivel por amar a alguien?, ¿Podría usted demostrar su amor con tal devoción?

¿Hasta qué punto sería capaz de aguantar usted esa situación?, ¿Hasta qué punto sería capaz usted de rogar amor?, ¿Qué se sentiría tener que quedarse esperando y deber armarse de fuerza y valor al final de la tarde para decir «¿Donde te has metido hoy? Era nuestra cita semanal, velas, música, champagne; 7 días preparándolo, siempre la misma situación, sola, odiándote y amándote, siempre término en un rincón, sola, llorando hasta el amanecer»?, y continuar rogando, pidiendo, implorando una oportunidad, diciendo «Si tu te atreves por mi vida que te sigo, si tu me olvidas te prometo que te olvido, si tu te atreves yo renuncio al paraíso, a Amar contigo, a soñarte, a que me sueñes… Si tu te atreves», pero ¿Y si no se atreve?, ¿Seguiría usted rogando señor (a)?, ¿Lo seguiría haciendo?

Yo la verdad no la (o) veo víctima tal como lo ha pensado o lo ha hecho creer siempre, resulta muy fácil juzgar a otros cuando creemos que nuestros pecados están expiados pero, ¿Sabe usted a ciencia cierta cuál es el sentir de alguien que sin haber buscado enamorarse, debe trabajar duro para cuidar al máximo que esa realidad nunca llegue a sus ojos para que así usted no sufra y lograr a cambio un premio de consolación que sólo consta de unos minutos de tiempo?

Haga el esfuerzo e imagínese frente a su amor sin poder emitir una sola queja, sin poder exigir un minuto de amor, teniendo que hacerle ver un «tengo rabia porque callas cuando te pido más, llegas, me devoras media hora y te quieres marchar y te vuelves frío y te siento raro eres una ola que me ataca de golpe y a golpe se va; cuando palpitas y tiemblas y gritas, dime que pasa porque me miente tu cuerpo si no me amas… Vuelves, como nada, dos palabras y caigo en la tentación, otra madrugada y en mi almohada migajas de tu amor, y te vuelves frió y me siento rara, eres mi castigo como un vicio que nunca quisiera dejar». ¿Qué se siente?, ¿Cuánto duele en el pecho no estar en el lugar en el que usted está?, ¿Cuántos colores tiene ahora el arcoiris de su historia?

Estoy totalmente segura que ante toda esta situación usted rompería en llanto a más no poder implorando «Yo, no quiero ser la otra, la que vive siempre oculta en tu libreta, la que espera tu visita tan de paso y tan de prisa, la que está siempre a tu espalda, la que otorga y siempre calla… Yo, no quiero ser la otra, me cansé de ser en ti un buen reemplazo, la que calme tus enfados cuando riñes en tu casa, la que nunca tuvo flores en algún aniversario… Soy tu amante, la prohibida, la que sólo es una ráfaga de amor, soy tu amante, la que espera, soy la llama de ese fuego sin amor».

¿Qué se siente señor (a) que le regalen flores en una fecha especial?, ¿Qué se siente no tener que rogar por un beso y que la respuesta a ese ruego sea siempre «no»?, ¿Cómo se sienten esas 23 horas a su lado?, pues, felicidades; ha resultado usted el (la) ganador (a) del premio mayor … Aplausos.



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