Mi crónica: aquel viaje en camionetica

Estuve un tiempo dominada por el pánico de salir a la calle y montarme en una camionetica. El temor que le tengo a los atracos supera la fobia que me producen las aves. Es fuerte. En serio.

Pero a principio de 2015 uno de mis retos era superarlo.

Así que un lunes a las 6:15 de la mañana me dibuje la mejor sonrisa que tengo y salí a la calle. La cartera la llevaba tatuada en el hombro, las piernas me temblaban, pero no detuve el paso hasta la esquina. Me sentía un mujerón en plena avenida Oeste de Quinta Crespo. Iba derechita. Encrespada pero derechita. Al llegar a la  parada llevaba el diez por ciento del camino recorrido. Un logro.

Mientras esperaba la camionetica me fijé en dos hombres muy jóvenes que se aproximaron inseguros. Estaban nerviosos y nos observaron de arriba abajo a quienes estábamos cerca, justo ahí me empezaron a sudar hasta las rodillas. Sin importar la angustia me mantuve digna. Las demás personas no les hicieron mucho caso. Creo que están acostumbrados a que los miren así o definitivamente yo andaba con los ovarios en la garganta del terror.

La camionetica llegó, gracias a Dios.

Me monté pegada de la ventana, en el asiento justo atrás del chofer. Sonaba música llanera y como me encanta me despreocupé del momento, además una doña agarró el asiento junto a mí y pude respirar profundo. Estaba tranquila.

Cuando empecé a tararear la letra de la canción del guayabo de Rummy Olivo los dos muchachos se levantaron, los vi por el enorme retrovisor. Uno se quedó a mitad del pasillo y el otro se puso en plena puerta. Los ovarios se me subieron otra vez y agarré con fuerza mi cartera. Arranqué a rezar la oración de la Santísima Trinidad pero no pasaba de la segunda frase. Los nervios no me dejaban quieta. La doña también vio el movimiento de los personajes en cuestión y se puso pálida. Desmayarme no era la opción.

Ellos se miraron entre sí. La doña y yo hicimos lo mismo.

Rápidamente metí los billetes del pasaje entre mi barriga y el pantalón. El celular no lo encontraba en la cartera, así que me resigné y decidí olvidarle. La doña sacó las llaves y se las encajó en el bolsillo. Ella sí consiguió su celular y se lo metió diestramente en el sostén.

El muchacho que estaba en la puerta abrió su boca y mi estómago se volteó. Dijo: “buenos días a todos, nosotros vamos a cantarles una canción rapera que dice…”

El estómago me regreso a su posición original. Los ovarios bajaron y los jóvenes cantaron buenísimo. La doña se bajó en Parque Central sin mirar para atrás. Yo iba más allá. Los intérpretes siguieron un par de paradas y antes de bajarse les di propina. Me sentí mejor.

Llegué por fin a Chacaíto con algo de nervios, pero logré terminar la oración de la Santísima Trinidad que empecé en Teatros.

Actualmente uso con más frecuencia las camioneticas . Aprendí a gozarme los cantantes urbanos y aunque  los ovarios se me suben de vez en cuando ya no me sudan las rodillas. Tampoco le paro tanto a quienes me miran de arriba abajo. A veces están iguales o más asustados que yo. Y otras, son excelente cantantes.



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