Mi cuerpo, mi templo

39 marcó la balanza. «El peor día de mi vida», pensé yo.

«Nuestro cuerpo es nuestro templo» he escuchado decir mil veces. Debemos cuidarlo y prestar atención a sus mensajes. Nuestro cuerpo es uno, y es el único que tenemos. Es por eso que hoy en día aprendo a conocerlo más a fondo y después de un largo y difícil camino, he aprendido a por fin estar en paz con él.

Siempre fui una niña deportiva. Mi madre siempre recuerda lo delgada que era pero lo mucho que pesaba. Gimnasia, natación, volleyball, baile, todo lo hacía y lo disfrutaba. Siempre consideré mi cuerpo como una herramienta para hacer lo que me gustaba, más que considerar el ejercicio como una herramienta para ser delgada.

Llegó la adolescencia, y con ella llegó la época de ser atractiva y coqueta para iniciar la vida amorosa. Acepto con un poco de vergüenza que lo mío no era lo de ser linda. Era un patito feo sin muchas expectativas de convertirse en un cisne, pero aún así vivía tranquila.

Un día recuerdo mirar mi desayuno, un sándwich y un durazno, y sentir la necesidad de no comerlo. Mordí el durazno una vez y eché todo a la basura.

Así, de la nada, comenzó el camino más oscuro que una adolescente puede caminar.

El tiempo pasó muy rápido, los días volaban y yo iba adelgazando sin siquiera notarlo. En ese tiempo mi situación familiar era complicada, y a medida que se agravaba, yo perdía kilos sin siquiera buscarlo. No era que deseara ser delgada, era que simplemente comencé a odiar a mi cuerpo, a mi templo y a mi lugar.

Odiaba todo lo que el cuerpo representaba. Odiaba depender de la comida y odiaba los sentimientos; si yo odiaba tanto mi cuerpo, ¿cómo podría alguien más quererlo? Me aislé y generé una rutina de dormir, laxantes, manzanas y rechazo social.

Era delgada y cualquier prenda se veía bien en mi cuerpo, pero eso a mí no me importaba. Para mí, yo era algo desagradable y no tenía derecho a disfrutar nada. Usaba el mismo conjunto de jeans y camisa verde un día tras otro. Perdí mi período, mi cabello, mi color de piel, mis amigos y casi pierdo la vida.

La última vez que usé una balanza fue en diciembre del 2014. Marcó 67 kilos. Me importó poco.

Admito que hay días donde me siento atrapada y me doy cuenta de que no he comido o me noto más delgada al verme al espejo y casi como por instinto recuerdo el pasado. Ya lo controlo y he aprendido a llevarlo casi como algo normal. Mi closet está lleno de prendas de todo tipo que uso dependiendo de mi humor y de la ocasión, y el hecho de ser más ancha que Él suele causarme risa. A veces me encuentro viéndome al espejo con un poco de inseguridad y le pregunto a Él si le parece que soy gorda. Su mirada sugerente es la única respuesta que necesito y continúo mi día.

Me siento sexy cuando en la noche Él se pega a mi cuerpo y me abraza mientras lo noto husmeando con sus manos por mi abdomen, hasta que respira profundo y sigue durmiendo.

Hoy en día he aprendido a disfrutar mi cuerpo, con la celulitis y las pecas demás. Me gusta quererlo, cuidarlo y darle atención.

Al fin y al cabo, es el único que tengo.

Love, R.



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