Mi esposa, su depresión y yo

Fácilmente puedo evocar el día en que la psicóloga te dijo que sufrías de depresión. Los ojos se te pusieron vidriosos y los rayitos verdes de tu iris se intensificaban por las lágrimas que te brotaban. No olvido tu cara de preocupación, desconsuelo y de alguna manera vergüenza por estar deprimida. Recuerdo que te dije (aún lo hago): «no te preocupes, yo estoy contigo, nuestro hijo y yo te amamos igual, me siento orgulloso de ti por enfrentarte a tus oscuridades y te entiendo perfectamente; yo también sufrí de depresión».

Como podías, tratabas de hacerte consciente y presente de lo que te pasaba. Creo que internamente luchabas por realmente digerir lo que te sucedía y de alguna manera encontrarle sentido a todo este desbarajuste emocional al que decidiste someterte para poder trascender a tu verdadero yo.

Pero esta vez, quisiera hablarte de mi transitar a tu lado.

Debo confesar que me alarmé cuando supe de tu depresión, no porque yo la haya sufrido, por el contrario, eso me hace sentirte e intuirte mejor. El miedo se activó porque vengo de una familia donde las enfermedades mentales han quebrado el alma de quien las padece y ha puesto a prueba el coraje y el amor de los otros. Temí no contener el amor, coraje y la templanza necesarios.

Temí a mi miedo, temí a mis historias.

Racionalicé mis temores para no sentir, me aventuré en la arrogancia o ingenuidad de pensar que sería sencillo navegar en las aguas de tu depresión por mi historia familiar y que, definitivamente, podría apoyarte, entenderte, hacer empatía contigo e incluso ayudarte a salir de la tristeza y el desasosiego que implica la depresión. Obviamente estaba equivocado, porque el miedo, el dolor, la tristeza y el desamor no son razones, son sentimientos.

Persistí en encontrar la manera lógica de hacerte salir de la depresión. Pensé y analicé cada una de las razones por las cuales estabas deprimida y poder brindarte soluciones que te hicieran ver las cosas desde otra perspectiva. Soñé con ser el sol que espantaba la tormenta que se sitió en tu SER. Me empapé de los millones de métodos para luchar contra la depresión, recordé aquellos trucos que apliqué en mí mismo, y nada funcionó porque olvidé que el camino es interno. Solo tú tienes las respuestas.

Contigo he visto con más claridad mis oscuridades, he visto con contundencia las trampas –sutiles– de mi EGO. Tú me enseñas de templanza, fe y coraje. Gracias a ti, cada día soy mejor persona, contigo aprendo del amor a pesar de mí mismo.

Para ayudarte solo me queda un camino: AMARTE, no “entenderte” ni mucho menos arreglarte.

Me corresponde tomarte de la mano, abrazarte, caminar juntos y tener fe en ti, creer en ti, sabiendo que saldrás fortalecida.

La depresión es la invitación del SER a indagar en las profundidades del alma y nos permite conocernos mejor, amarnos más y relacionarnos mejor con nosotros mismos y el mundo. No la desaproveches.

“No pienso en ti, solo te siento, pasando por mí como un dulce viento…”. Brindo. Devendra Banhart.



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