Mi Vallita

Mi Vallita

Septiembre siempre ha sido el mes más mágico para mí. Muchas cosas especiales ocurren durante estos 30 días: mi cumpleaños, una energía poderosa que viaja directo al corazón desde el universo, especialmente desde la Constelación de Virgo, una sensibilidad muy peculiar, que me hace conectar con lo natural y sublime de una manera más profunda. Pero el acontecimiento más importante es el cumpleaños de la Virgen Del Valle, el 8 de septiembre, y el hecho de que yo cumpla años el mismo mes que ella, lo hace aún más importante y mágico para mí.

 Un día de septiembre, creo que tenía once o doce años, fui a visitar a la Virgen Del Valle por primera vez. Estaba de vacaciones con mi familia en la hermosa Isla de Margarita, en Venezuela, mi amado país. Mi tía Marisol decidió acompañarnos en esa oportunidad.

 Una sensibilidad particular me ha acompañado desde la niñez. Ese día fue uno de los días más felices de mi vida. También fue la primera vez que ocurrió el primer encuentro sublime que he experimentado en mi vida. No fue hasta después de muchos años, cuando estaba luchando por lograr mi sueño de ser madre, que tuve otros cuatro encuentros.

 Era una niña, pero estaba comenzado el proceso de transición qué me transformaría en una mujer. Pero seguía siendo una niña, confundida, con muchas preguntas y pocas respuestas.

 Discutía mucho con mi mama, porqué sentía que no me entendía, qué no me apoyaba en mis pensamientos y en mis sentimientos. Me sentía incomprendida por la persona que más amaba en el mundo: mi madre. Nuestras discusiones eran cada vez más fuertes. Ella solo intentaba ayudarme, el problema era que no lo hacía de la manera en que yo lo necesitaba.

 Fui una niña rebelde. Me enfrentaba a la injusticia, confrontándola siempre que podía. No me gustaba hacer cosas cuando mi corazón no estaba de acuerdo. Fui también rebelde con el tema de la religión. Me costaba creer algunas cosas que trababan de enseñarme en clases de religión, pues en mi corazón no se sentían bien.

 Me levanté de mal humor aquel día. No quería ir a verla. Me negué varias veces. Prefería ir a la playa con mi mejor amiga y su familia.  Mi madre estaba muy molesta, no dejaba de insistir, “vas a ir conmigo, porque yo soy tu madre y me tienes que obedecer. Vístete y sonríe que vamos a visitar a la Virgen”, me dijo apretando sus labios. “Mami, es que yo, no quiero ir, prefiero pasarla bien en la playa, con mi amiga”.

 A las dos nos invadía una tristeza que se hacía cada vez más insoportable. Nuestras discusiones eran constantes. Ya nos habíamos acostumbrado a vivir así: discutiendo y sintiendo una vacío todos los días.

 Esa mañana no fue la excepción. Terminamos teniendo una de las discusiones más fuerte: qué si vas, que no voy, qué te voy a castigar, que no me importa…. al ver a mi madre tan enfurecida, decidí ceder y acompañarla, para ya no tener que escucharla molesta un minuto más. “Está bien. Voy a ir a visitar a la Virgen del Valle”.

 Cuando entré en la Iglesia, toda la furia y la rabia que sentía por dentro se transformó en una sensación de paz, que jamás había sentido. Supe lo que era sentirse sereno y en paz ese día. No pude hablar. No hacía falta.

 De pronto la vi frente a mí, por ser el mes de su cumpleaños la había bajado de su nicho, para su veneración. “Hola Virgencita” le dije con dulzura. La mirada de sus ojos era sublime. Comencé a caminar hacia atrás, porque no podía dejar de verla para buscar un asiento y así poder rezarle.

 Al fin logré sentarme. Mi madre y mi tía estaban sentadas dos filas más adelantes. A los pocos segundos cerré los ojos, pero aún podía verla en la oscuridad. Comencé a respirar suavemente, tratando de controlar los latidos del corazón, cuando sentí su presencia dentro de mí, un calor en mi corazón. Comencé a escuchar su voz, aquella melodía tierna dentro de mi alma: “Eliana, hija querida. No discutas más con tu madre. Abrázala y dile que la amas”. Comencé a llorar desconsoladamente. Mi madre y mi tía, al escuchar mi llanto corrieron hacía mí, muy preocupadas.

 “Eliana, ¿qué te tienes hija? ¿Estás bien? ¿Por qué estás llorando así?” me preguntó mi mamá, mientras secaba mis lágrimas.

 Lloraba y lloraba,  y no podía parar. Era ese tipo de llanto que te impide hablar y moverte. Mi tía me abrazó con fuerza. Luego tomó mis manos y al apretarlas me dijo: “mami, mírame. ¿Qué pasó? Habla Eliana, por favor. Estamos preocupadas”.

 La gente alrededor no dejaba de verme. Estaban desconcertados. Yo continuaba llorando por dentro y por fuera. “Perdóname Virgencita. Perdóname. Te amo, Madre Santa”.

 “Mami, la Virgen del Valle me habló. Escuché su voz dentro de mí. Dijo mi nombre. Me pidió que no discutiera más contigo. Mami, perdóname, te amo tanto”. Le dije mirándola a los ojos con un amor infinito, luego la abracé con todas mis fuerzas.

Mi mamá y mi tía comenzaron a temblar y a llorar al igual que todas las personas que me habían escuchado decir aquellas milagrosas palabras. “La Virgen habla con los niños”, dijo una mujer que se encontraba detrás de mí. Al escucharla también la abracé y lloramos juntas.

Después de ese día mi mamá se convirtió en mi mejor amiga. Aprendimos a ser más tolerantes, a comprendernos mejor. Abríamos nuestros corazones, para no cerrarlos nunca más.

¡Feliz cumpleaños, mi Vallita! Gracias, por ayudarme a ser mejor hija. Gracias, por ayudarme a cumplir mi sueño de ser madre. Te amo, con todo mi corazón, Virgen María.

Nunca olvidaré tu voz, porque la llevo grabada profundamente dentro de mi ser.

Ahora soy una mujer con menos preguntas y más respuestas. Sé que estarás por siempre en mi vida, en cada momento difícil, junto a mí, ayudándome, llenando de amor mi alma y mi corazón, para mejorarla.

 Años más tarde, le llevé a Mi Vallita como ofrenda, mi velo de novia.

Imagen de Ben Kerckx en Pixabay 



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