Mirando desde otro ángulo a la infidelidad

Casos a diario de infidelidades y la forma en la que percibimos la experiencia siembran miedo en hombres y mujeres desde muy temprana edad. Así, con estos temores llegado su momento, nos embarcamos en relaciones de pareja que resultan suelo fértiles para la aparición de las llamadas crisis de parejas o crisis matrimonial.
Hasta las parejas aparentemente libres de todo miedo reconocen que es todo un desafío lograr su opuesto, la fidelidad. Mucho tiene que ver con lo que aprendemos del tema directamente de nuestros padres, las emociones que observamos en ellos, los juicios transmitidos, ya que justamente estos patrones son lo que heredamos, sumado a ello la fuerte influencia de la misma sociedad y la cultura.
Escudriñar la mente de quienes atraen a su vida actos de infidelidad exige una primera delimitación, el infiel “pasivo” y el infiel “activo”, entendiendo al “pasivo” que es quien se encuentra en la posición de engañado y al “activo” que es quien engaña, permitiendo la entrada de un tercero, bien sea que lo mantenga oculto o incluso abiertamente.
Aunque el “pasivo” sea visto como la gran víctima de la situación, realmente nos sorprenderíamos al descubrir que es sólo en apariencia, y que de manera inconsciente los tres y a veces hasta los cuatro implicados en actos de infidelidad experimentan en su vida dicha situación por la fuerza de sus propios pensamientos, de sus creencias, finalmente la fuerza de la palabra.
Por tanto, si en alguna relación uno de los miembros teme a la infidelidad, lo más seguro es que atraiga a parejas que en efecto le sean infieles, y en otros casos, mediante el convencimiento muy personal de que la fidelidad no existe, llegan a utilizar esto como recurso, pues le brinda una excusa o bien para pagar con la misma moneda, convirtiéndolo finalmente en “activo” o bien para juzgar la acción, manteniéndose “pasivo” y con su propio temor y juicio inicia un círculo vicioso cuya lectura puede ser la evasión a una entrega por completo al amor.
La lectura del “activo” (quien engaña) amerita cuidado, porque entran en juego más variables y los estudios de casos son diversos, desde el que experimentó y corta brevemente, hasta el que se instala llevando vidas paralelas, sin descartar aquellos casos mucho más serios cuya conducta es la adicción por el sexo casual.
Siento que realmente el problema no es la infidelidad, no en vano quizás hemos oído decir que nunca el problema es el verdadero problema, este es uno de esos casos. El problema está realmente en el amor que sintamos por nosotros mismos y del amor que alguna vez, aunque sea una sola vez, se sienta por otra persona, y es que ojalá esa otra persona de la cual se está enamorada sea inspiración para curarse de la debilidad, no de engañar a otros, mejor aún, de insistir en practicar el autoengaño.
Una relación de pareja sana, de luz, de amor, practica la transformación y busca convertirse en sus mejores versiones. Sabe que ser fiel o infiel no es un asunto que se le hace al otro, sino que nos lo hacemos a nosotros mismos.
A manera de reflexión, en todos los casos se proyectan carencias afectivas en primer orden, un gran desconocimiento del manejo de la energía sexual y un juicio generalizado de lo bueno y lo malo, que nos hace culpables inconscientemente, y lo tapamos como hemos aprendido a hacerlo, señalando al otro para no mirarnos a nosotros mismos, no asumimos nuestra cuota de responsabilidad, culpamos al otro y este resentimiento impide nuestro crecimiento y evolución, transmutar esos sentimientos y emociones nos traerá salud y vitalidad. La tarea es desaprender y curarnos de la mente errada, productora de pensamientos limitantes, generadora del gran sufrimiento humano, el camino es descubrir que lo bueno y lo malo son sólo percepciones de la mente humana.
La infidelidad es bienvenida cuando, sin causar daño al otro, se experimenta para crecer de manera individual, partimos del hecho de que en la relación formal hay deseo de mantenerse unidos, entendiendo que hay errores superables y las buenas intenciones resultan motivación, mientras que la relación que se adicionó solo representaba un mensaje, un aprendizaje, si nos apartamos del juicio, de la culpa y nos permitimos experimentar y conocer el lenguaje del amor incondicional, que por cierto ha de empezar por nosotros mismos, lo que se obtiene es una mejor entrega en la relación formal, porque resulta que podemos vivir la más hermosa meditación mientras realizamos el acto sexual, hay que desaprender eso que nos enseñaron, con un gran contenido religioso, etiquetando el acto de pecaminoso, pues es nocivo para descubrir por nosotros mismos la verdad.
Aprendamos a meditar mientras se establezca la unión sexual, esto nos conecta con el perdón, la gratitud, con lo sagrado, convirtiendo el sexo ordinario en una experiencia de dios-diosa en acción, donde hasta lágrimas de alegría produce el haber conocido lo que es el instinto animal, que poseemos todos, para saber distinguirlo del verdadero amor. Valorarás y procurarás refinarte en el arte del sexo sagrado que en nuestra cultura no se nos enseña.
La monogamia se nos ha impuesto, porque lo contrario “es malo”, “es pecaminoso”, podríamos crear una lista. La falsa moral nos asusta, porque todos queremos ser buenos y el sexo nos lo han vendido como malo, entonces las esposas quieren ser buenas, los hombres se casan con las buenas y lo malo se experimenta a escondidas, mientras más restricciones más somos seducidos por lo prohibido. El mundo de las percepciones es irreal, lo real está en pleno descubrimiento.
Si lo que hacemos no arroja los resultados esperados, es tiempo de mirar de manera diferente estos actos y tal vez nos sorprendamos con otros resultados de los obtenidos hasta ahora.


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