Mirando por el vidrio trasero

Esta mañana cuando llevaba a mi hijo al colegio, mientras esperaba que la luz del semáforo cambiara a verde, vi que en el carro que estaba delante del nuestro iba una niña mirando hacia atrás. Por instantes me hizo recordar los viajes de fin de semana que hacíamos en familia cuando era niña. Recuerdo que también me gustaba ir asomada en el vidrio trasero viendo lo que íbamos dejando atrás mientras avanzábamos hacia nuestro destino. También recuerdo que por estar mirando hacia atrás a mi padre no le daba tiempo de parar cuando yo veía algún lugar en el que quería que paráramos, o que los demás se fijaran en algún detalle que me había parecido particularmente especial.

Ahora, muchos años después, reflexiono sobre esa costumbre que muchos tenemos de mirar constantemente hacia atrás. Luego de haber leído a muchos maestros en temas de desarrollo personal, y haber escrito, modestamente, basada en algunas de mis experiencias, me doy cuenta de que seguimos siendo esos niños mirando por el vidrio trasero y que solemos molestarnos o entristecernos porque el conductor no puede parar y retroceder para complacernos. A veces nos llenamos tanto de lo que ya pasó que no dejamos espacio para el momento presente y toda la carga de experiencias que tiene para nosotros.

Cuando vamos en un carro y miramos hacia adelante, lo que vemos y apreciamos es lo que está al alcance inmediato de nuestra mirada. No podemos ver nuestro destino, pero sí podemos disfrutar de cada minuto mientras avanzamos por el camino y hasta podemos orillar el vehículo y solazarnos un rato en algún paraje que nos llene de energía y satisfacción.

Como esa niña, así vamos generalmente por la vida. Nos cuesta reconocer la felicidad de la que tanto se ha escrito porque pasamos mucho tiempo entristeciéndonos y añorando un pasado que ya quedó atrás y al que es imposible volver, o viviendo en un estado de ansiedad constante por lo que puede deparar el futuro.

Sé que es un lugar común decir que el único momento real que tenemos para vivir plenamente es el ahora. Sé que lo habrás visto mil veces en diferentes libros, en mensajes de Facebook o en Twitter, pero creo que la repetición es la madre de toda habilidad. Además, por más veces que hayamos leído o escuchado algo, solamente en el momento en que nos hace clic, ese instante particular en el que un mensaje resuena con nosotros y sintoniza con nuestra frecuencia, es cuando realmente comenzamos a hacerlo parte de nuestra manera de pasar por esta vida.

Cuando la luz del semáforo cambió, el carro donde iba la niña arrancó. Al tocar mi turno de acelerar caí en cuenta de que mientras ella continuaba mirando hacia atrás yo debía seguir atenta al tráfico y decidir el próximo cruce. El que va al volante inevitablemente va pendiente del camino. Aunque sabe cuál es el destino al que quiere ir, su atención está puesta en cada milímetro del recorrido pues de ello depende que llegue al lugar que tiene previsto alcanzar.

La vida es como ir en el automóvil. Lo importante no es la marca del vehículo, ni el color, ni si va más rápido o más lento. Lo crucial es decidir si queremos ir como la niña mirando lo que se dejó atrás, o si queremos ir al volante, reconociendo la felicidad en cada pedazo del camino y decidiendo continuamente el próximo cruce a tomar.



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