Mis amigas las bacterias

Desde que estamos chiquitos nos han enseñado a tenerle miedo a las bacterias y los microbios: ¡Niño, no te metas eso a la boca, que está lleno de bacterias! (también les decimos bichos, por cariño). ¡Lávate las manos con este jabón que elimina las bacterias! Y aunque no sabíamos mucho qué eran esas temibles bacterias, aprendimos a temerlas. Años más tarde, en algún curso de biología nos mostraron una cosa asquerosa, generalmente en forma ovalada y con muchos pelos: ¡Esas son las bacterias y contaminan el agua y la comida y te dan dolor de barriga! Más tarde se le unieron los virus, unos bichos muchos más malos que las bacterias, y a los que había que combatir igual, con mucho jabón y de vez en cuando una limpieza con algodón con alcohol detrás de las orejas.

Desde hace pocos años, curiosos como son los científicos, empezaron a descubrir que por más que nos laváramos las manos (y otras zonas con menos frecuencia), siempre teníamos bacterias en el cuerpo, por lo que se preguntaron si realmente eran tan malas como se pensaba, y había que salir de todas ellas, o si era posible que no fueran tan malas y en realidad estuviéramos compartiendo amigablemente un espacio común.

Con el transcurrir del tiempo, nos llegó una verdad terrible: no sólo tenemos bacterias en nuestro cuerpo, sino que tenemos más bacterias que células normales ¿qué tal? A ver, nuestro cuerpo está formado por muchísimas células de toda clase, células musculares, óseas, glóbulos rojos y blancos, neuronas, en fin, unos 10 millones de millones de células: 10.000.000.000.000; pero resulta que además hay unos ¡100 millones de millones de bacterias! Por cada célula de nuestro cuerpo hay 10 bacterias. La mayoría están en el intestino grueso, pero también hay muchísimas en todas las superficies expuestas al ambiente: los ojos, la boca, la nariz, la piel en general, y en especial en esas partes húmedas que con frecuencia adquieren malos olores.

Así pues, se han descubierto entre 500 a 1.000 especies de bacterias distintas coexistiendo con nosotros de la manera más amigable. El término científico es el de comensal, es decir, un organismo que convive con otro sin dañarlo; las otras alternativas son: mutualista, es decir que se benefician mutuamente y patógenos, que dañan al huésped (no sé porque me vienen a la mente ciertos matrimonios, pero eso no viene al caso). La mayoría de esas especies no están bien estudiadas y no se sabe para qué sirven, si es que sirven para algo. Algunas bacterias de la piel ayudan a entrenar el sistema inmunológico, otras como el Staphylococcus epidermidis son responsables del mal olor, al convertir el sudor en ácido isovalérico (se me ocurren pocas ideas prácticas para el mal olor, pero seguro que es útil para algo; habría que preguntarle a las moscas, que encuentran ese olor agradable).

La gran mayoría de las bacterias están en el intestino, como ya dijimos, y allí ayudan nada más y nada menos que a digerir la comida. En otras palabras, si no tuviéramos bacterias en la barriga, pasaríamos mucho trabajo, porque por ejemplo la Provotella ayuda a la digestión de los carbohidratos (para los legos, los carbohidratos son cosas ricas como el pan y los espaghetis). Muchos de estos alimentos deben ser procesados por las bacterias del intestino para poder aprovecharlas nosotros (da un poquito de asco, pero la idea correcta es que esos alimentos son comidos por las bacterias y nosotros nos aprovechamos de sus heces).

bacteriasOtras funciones de las bacterias intestinales tienen que ver con la protección del sistema digestivo, control de metabolismo y apoyo del sistema inmunológico. Otras bacterias simplemente mantienen una especie de equilibrio de poder: por ejemplo la Clostridium difficile produce la colitis, cuando se reproduce excesivamente, pero no puede crecer excesivamente por competencia con otras bacterias.

Interesantemente, cuando los niños nacen su tracto gastrointestinal es estéril, es decir, no tienen ninguna de las bacterias que hemos mencionado aquí, pero apenas vienen al mundo, especialmente si es por parto natural, el bebé comienza a ser colonizado por bacterias del cuerpo de la madre (suena horrible ¿verdad?) o provenientes del aire, de otros niños o de las personas que ayudan en el parto. Inmediatamente, los besos, las caricias y, por supuesto, el pecho, transfieren constantemente bichos al bebé, como la Bifidobacteria, Bacteoirdes, Clostridium y Ruminococos. Al mes de nacidos, los bebés ya tienen su microflora intestinal bien establecida. Interesantemente, los bebés nacidos por cesárea tardan hasta seis meses en obtener su stock bacterial completo.

Así pues, podemos imaginarnos entonces como un gran portaaviones que se desplaza por el mundo, nosotros y nuestros pequeños huéspedes, que dependen de nosotros aún más que nosotros de ellos y que juntos hacemos un gran equipo. Eso no significa tampoco que no vayamos a lavarnos las manos más ¿ok?



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