Moral

s. f. Creencias y normas que guían el comportamiento de las personas, siendo el parámetro para saber cuándo algo está bien o mal.

Con un casco que difícilmente le cubría las orejas, Dolores sorteaba el tráfico de las 5:30pm en Caracas, agarrada del conductor de la moto-taxi. Se había prometido no hacerlo más, porque ir en moto la hacía sentir vulnerable, pero se había retrasado en sus informes para la junta, y no quería llegar tarde a clase otra vez. Entonces, dejó su carro en el estacionamiento del Centro Empresarial. Algún compañero le llevaría de vuelta.

Todo normal hasta San Bernardino, cuando su conductor se detuvo en el semáforo rojo, frente a una parada de autobús. Allí estaba una anciana bien vestida, que parecía haber salido de la clínica, esperando a su chofer. Con la moto detenida, el conductor aparentemente zurdo, se persigna con la mano derecha y saca una pistola con la izquierda, apuntando a la anciana y pidiéndole la cartera. Ella, visiblemente sorprendida, lo mira con asombro y se la entrega. La moto cruza la calle mientras el conductor hábilmente coloca la cartera recién robada a su espalda, en el regazo de Dolores.

Ella se sentía aturdida, como si fuera a desmayarse, mientras un policía imaginario o un testigo armado los perseguía, disparándole en la espalda, convertida ella como estaba, en un escudo. Por fortuna nada de eso pasó y llegaron al instituto, donde Dolores, pálida como una hoja de papel, se bajaba con cautela, devolviendo el casco y ofreciendo su propia cartera. El motorizado sólo le recibió el casco:

– No se equivoque señora, yo no robo a mis pasajeros, son 60 bolívares. 

Controlando sus nervios, sacó un billete de 100 y se lo entregó. El motorizado revisó entre sus billetes para darle cambio y reunió 30 bolívares, los 10 que faltaban los encontró en la cartera robada. Dolores no dijo palabra, sólo quería que se fuera. Aun temblando, entró al salón y nos contó su travesía. El irónico tema del día: “Ética de la empresa”, acababa de cambiarse por: “Moral del motorizado”.

El estudio de casos era el mecanismo predilecto del programa que cursábamos, pero los casos siempre estaban preparados y los profesores sabían cómo manejarlos. Esta vez teníamos uno fresco, al que tal vez por error, trataron de sacarle punta.

Como siempre, hay un grupo de rebeldes que defiende al que consideran más débil, aunque no lo sea, tratando de amortizar sus acciones con cualquier atenuante que pueda confundir a la audiencia, con grises donde muchas veces sólo hay blanco y negro. Nuestros pocos defensores de los desvalidos, compararon al motorizado con Robin Hood, destacando su fe, reflejada en la señal de la cruz antes del robo y su compromiso de cumplir al cliente. En lugar de espada, llevaba una pistola, porque se entiende que estamos en una época distinta. Además, uno de ellos se negaba a llamarlo robo, y prefería referirse al incidente como una recuperación de su patrimonio, venido a menos por la injusticia social en Venezuela. Dolores, visiblemente ofendida, les respondía en un tono que seguramente en otras circunstancias no usaría:

– Presos deberían ir ustedes con él, por secuaces y alcahuetes. Su familia no les enseñó que no se debe robar. ¿Les hubiera parecido divertido si estuvieran en mi lugar? Por morales de papel como las de ustedes, es que este país está destruido. No compartan mi mesa en la cena, porque van a pasar un mal rato. No sé quién es más culpable, el que comete el delito o el que se hace ciego y no lo condena. 

La mitad de los rebeldes recogía su opinión, reconsiderándola o temiendo que Dolores les golpeara. Los pocos que se mantenían en pie, al mejor estilo del que se equivoca y no reconoce su error, alzaban la voz y se radicalizaban:

– Al final no te pasó nada, sólo un susto que contarle a tus nietos. ¿Y la otra parte de la historia? Ese pobre hombre, ¿quién sabe las necesidades que tiene? Estamos en un país de injusticias, donde la necesidad tiene cara de perro. Ese termina muerto más temprano que tarde y “se acabó”. Le das demasiada importancia. Déjalo para un “reality show”. Al final a ti no te robaron nada ¿o me equivoco? 

Yo reconozco al equivocado por su necesidad de gritar, para que el otro se calle, mientras se siente perdido. Cada vez más ofendida, Dolores trataba de contener la calma:

– Entonces todo está bien. ¿Yo debo desearle la muerte para sentirme protegida? ¿Qué hace falta para que les parezca mal? ¿Qué me hubieran matado? ¿Que la anciana fuera familia de alguno de ustedes? Mañana le voy a pedir a mi marido que me acompañe a clase, con su arma de reglamento, para que tengas una anécdota que contarle a tus nietos. Llega temprano para que no te la pierdas. 

El profesor calmó las aguas y suspendió el debate, Dolores estaba muy involucrada. La calma se sirvió con la cena, junto a la indignación y las ganas de venganza. Y es que para hablar de ética y de moral hay que empezar por distinguir lo que está bien de lo que está mal. ¿Existen las cosas “medio malas” o “neutras”? ¿Dónde pasar una raya? Venían a mi memoria esas clases de lógica difusa, en donde las cosas no eran ciertas o falsas, blancas o negras, ceros o unos, sino que valía: “bastante cierta” o “casi siempre falsa”.

Alguien asomó un lugar común: está bien si puedes dormir tranquilo. Pero para eso hay desde Valium, valeriana y otras hierbas, hasta un tetero de lechuga. Aún más fácil, si no tenemos vergüenza ni respeto por los demás, en un éxtasis de egoísmo podemos explicar cualquier acción. ¿Dónde se le perdieron los principios al motorizado? Si es que los tuvo alguna vez. O ¿es que su historia es sólo de finales? ¿Qué aprendió de su heroína, en su casa sin papá? ¿Alguien de su familia le trajo sopa?

Mi papá decía que el que roba un lápiz o una fresa, puede robar un banco, porque no es menos robo si lo que uno se lleva es poco. La moral es como una semilla de manzana, hay que cuidarla mucho, para que un día sea el árbol fuerte que dé frutas. Necesita mucha agua y respeto, el ejemplo de la casa, para que se haga costumbre y no se pueda vivir sin ella de adulto.

Mientras el motorizado duerme tranquilo, Dolores le desea la cárcel o peor, mientras aprende a vivir con miedo y se siente vulnerable y abusada. El Libertador debe estar revolcándose en su tumba recién profanada, porque a su país se le dobla la moral, y de paso le parpadean todos los días las luces.

Las palabras complicadas tienen casi siempre una forma simple. Moral puede tener mucho latín para filosofar (moris – costumbre), pero es harina del mismo costal, adorno en el mismo árbol. En mi mundo de muchos, como la honestidad y tantas más, la moral es la fruta de la buena semilla.

http://www.lalatadegarbanzos.blogspot.com/2014/05/moral.html

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