Morir para Renacer

Han pasado más de 15 años sin verlo. Sin embargo, lo amo tanto que puedo adivinarlo a mi lado y sentirlo, arrullándome con su “Te amo mamá” de siempre. Sí… Estás aquí… Claro que estás aquí… Y, ahora, contigo a mi lado, comenzaré a narrar mi renacer en ti.

Apenas comenzabas a entender la vida. A los 20 años tendrías mucho tiempo por delante para aprender. Era el momento de disfrutar el día a día, entre los amigos de siempre, los de la universidad y aquellos otros a quienes encontraste buscando un camino de inspiración.

Me ufanaba de tener un hijo tan bello y amoroso como tú, siempre dispuesto a ayudar con sus palabras y sus gestos; y siempre levantándome banderas cuando me dejaba llevar por la ira o la auto importancia. Eras el vigilante de mis limitaciones.

Creciste con el asma a cuesta y con esas alergias que, luego, comenzaron a recrudecer. Aquella madrugada de junio tu enfermedad se exacerbó, con saña, con un furor inesperado que nos levantó de la cama para auxiliarte. Ya en el dispensario, mientras te inyectaban y yo daba rienda suelta a mi desesperación, tú le susurrabas a tu padre: “Me voy, papá, me voy…”, buscando la respiración que no llegaba. Y, en segundos, te desvaneciste.

Te subieron a la ambulancia, rumbo a una clínica con mejores recursos. Yo iba a tu lado, cantándote una canción al oído, esa que tanto escuchaste de mí cuando eras bebé. Te cantaba, le suplicaba a Dios, tocaba tus manos frías, veía tus uñas moradas, lloraba, no sentía tu aliento, te observaba pálido y sin expresión alguna… ¡Qué minutos tan eternos!

Al llegar a la clínica, todo fue muy rápido. Bajaron la camilla velozmente, te auscultaron, te dejaron a un lado, nos comunicaron que no tenías signos vitales, que estabas muerto, y grité y grité y grité, abrazada a tu padre.

Repentinamente -así como suelen suceder los milagros- te vimos incorporándote en la camilla mientras decías: “¿Dónde estoy?”. Dios mío, ¡qué instante tan maravilloso! Corrieron a auxiliarte, te inyectaron, te pusieron oxigeno; y yo lloraba con una extraña mezcla de emociones que, aún hoy, no puedo describir. Estabas vivo, estabas ahí, podíamos llevarte de vuelta con nosotros. ¡Qué bendición tan grande!

Tú te sentías exhausto y débil. Ya en casa, dormiste profundamente; mientras la familia llegaba para celebrar, no solo mi cumpleaños que era ese día, sino también tu renacer. Y yo seguía sin poder contener mi llanto. Silenciosamente, a cada rato, abría la puerta de tu cuarto para mirarte. ¡Aún no lo podía creer! ¡Estabas vivo! Y seguía llorando porque la alegría era enorme; pero también lloraba porque no podía borrar de mi mente la imagen de tu cuerpo inerte en la ambulancia.

Hasta que, en una de esas que abrí la puerta, me miraste y me dijiste que querías hablar conmigo. Me pediste que no le contase a nadie -y menos aún a tus amigos- lo que me ibas a decir. “Van a pensar que me volví loco”, murmuraste. Me senté en la cama a tu lado, y te presté toda mi atención. Todavía puedo escuchar tus palabras: “Mami, por favor, no sigas llorando. Yo no sufrí nada. Yo me fui a un lugar demasiado bello. Era tan bello que no me quería regresar. Yo veía todo como una película. Vi a mis amigos, mis juguetes desde que era niño, todo. Y era un lugar bellísimo. Yo no sufrí, mamita. Y tampoco me quería regresar. Así que deja de llorar, porque no ha pasado nada”.

Fue mi primera aproximación a eso que llaman vida después de la muerte. Tú quisiste que yo la tuviera, amado hijo. Fue un regalo que me diste porque quizás, en ese momento, ya sabías que dos meses después sucumbirías ante la ferocidad de tu enfermedad. Dos meses después, no encontraste la próxima respiración. Y tampoco regresaste.

Yo no quería acercarme a ese ataúd. Solo me empeñé en recordar tus palabras para aceptar y entender lo que tú, el verdadero tú, estaba viviendo, en ese instante, en aquél hermoso lugar que ya habías conocido, y en el cual nos volveremos a encontrar.



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