Mosaicos de felicidad

Mosaicos de felicidad

Ilustración de José Alejandro Ovalles [email protected]

¿Recuerdas la última vez que fuiste feliz? Si me dices que hace segundos, fabuloso. Pero si respondes que no lo has sido desde hace tiempo, puede ser que no le estás prestando suficiente atención a las cosas que te suceden. Porque buenos momentos tenemos todos y lo importante es estar conscientes de ellos cuando aparecen. A fin de cuentas ¿de qué vale la felicidad si no reparamos en lo felices que somos?

«Al observador atento la vida cotidiana le ofrece una infinidad de encantos que pasan desapercibidos para los demás» escribe Stefan Klein en su libro La fórmula de la felicidad. Con estudios de física y filosofía, sumados a una fascinación por la neurociencia, Klein es de los que creen firmemente en nuestra capacidad para entrenar la mente a fin de percibir esos encantos que promueven sentimientos gratos. Y uno de los ejercicios más sencillos es poner atención en el mundo que nos rodea.

¿Qué tiene esto que ver con la felicidad? Sencillo: nos brinda un camino para convertir lo efímero en permanente. Resulta ser que la felicidad es una experiencia momentánea, en el presente, mientras que la satisfacción es lo que permanece de esa experiencia en nuestra mente y tiene carácter retrospectivo. O dicho de otra forma, nos sentimos felices por un tiempo limitado, pero al juntar esos momentos podemos construir un mosaico de satisfacción que nos acompañe a lo largo de los días.

Y aquí es donde nuestra mente juega un papel fundamental, porque tanto o más relevante que la experiencia que tengamos es la percepción y el recuerdo que nos llevamos. «Lo que uno vive no importa mucho, sino que importa más cómo uno lo vive» dice Klein. Esto me hace recordar aquella frase de García Márquez «la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla». En ambos casos resulta evidente que la interpretación de las experiencias es lo que cuenta, pero lo importante (y aquí está el detalle, diría Cantinflas) es que todo comienza con aprender a capturar esas experiencias de felicidad.

Aquí es donde interviene la conciencia y la voluntad. Por asuntos de la interacción entre neuronas y hormonas, es natural que nuestro cerebro no capte lo fascinante dentro de lo habitual y conocido. Además, esta programación orgánica nos lleva a aburrirnos ante la falta de novedad y a mostrarnos tibios frente a estímulos que prometan pocas satisfacciones. Pero eso no significa que no podamos «jugarle un truco» a la mente para despertarla. Pues si fijamos nuestra atención en lo cotidiano podremos encontrar diferencias sutiles y maravillosas, o como dice Klein, una vez sensibilizados para el encanto de lo imprevisto lo descubrimos en todas partes.

Pero además de no perder nunca la capacidad de asombro, nos hace bien darle tiempo a esos encantos para que se «fijen» en nuestra mente. Unos segundos bastan para que ese paisaje, ese abrazo o ese postre cobren más intensidad y enriquezca el mosaico de satisfacción de la vida. Así que la próxima vez que encuentres algo que te haga feliz, por más sencillo que sea, en lugar de saltar a otra cosa quédate allí un buen rato. Será como si cargaras las baterías para poder echar mano de esa energía más adelante.

Y fíjate bien a partir de ahora. Verás que si bien la felicidad es pasajera, está más cerca de lo que crees.



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