Movilidad: cada quien en su espacio

Gran parte de los conflictos de la cotidianidad urbana tienen que ver con problemas en la movilidad: embotellamientos de tráfico, transporte público ineficiente e insuficiente que genera atrasos y apretujamientos, etc. Cuando una ciudad piensa, discute, legisla e invierte recursos en mejorar sus modos de movilidad, reduce esa conflictividad de todos los días e incrementa la calidad de vida de sus habitantes.

Así que nunca es demasiado lo que se pueda hablar (y escribir) sobre movilidad. En este espacio hemos defendido la idea de que un ciudadano debe tener acceso a un menú amplio de opciones de movilidad y no depender de uno solo, como tiende a pasar en el caso de los automóviles con las ciudades americanas del norte y del sur, sobre todo las más pobladas, que en el caso latinoamericano cuentan con transporte público de mediana o baja calidad, más una serie de factores que estimulan el uso del automóvil, como en Venezuela lo son las tarifas reguladas de los estacionamientos y el contar con uno de los precios del combustible más baratos de la Tierra.

bici1En los últimos años, un medio de transporte que tiene tres siglos de existencia y no ha sido jamás abandonado en las áreas rurales y semirurales de todo el mundo ha sido objeto de atención, de recuperación y de activismo: la bicicleta.

Barata, democrática, sana e incapaz de contaminar, la bici es la protagonista de un movimiento que en sus versiones más radicales promueve el abandono total o casi total del uso del automóvil. De hecho, en unos cuantos casos los ciclistas generan el rechazo de gente muy diversa, desde el alcalde de Toronto hasta ciudadanos comunes en muchos lugares.

En Valencia, España, las quejas de los peatones y los automovilistas han impulsado al ayuntamiento a castigar con multas a los ciclistas que conducen por las aceras o dejan sus vehículos donde no corresponde. Esto quiere decir no solo que el ciclismo urbano también es fuente de conflicto, sino que ha adquirido en algunos casos el volumen de circulación suficiente para causarlos.

Caso muy distinto es el de Caracas, Venezuela, donde colectivos como Una Sampablera por Caracas organizan acciones de calle para mostrar a los ciudadanos que la bicicleta puede ser una opción y que produce una manera más directa de relacionarse con la ciudad, en una sociedad fuertemente conflictiva. Para este domingo 4 de diciembre, por ejemplo, invitan a un recorrido en bici desde Sabana Grande hasta el centro de arte La Estancia y la plaza Los Palos Grandes.

En Montreal, al menos en las zonas centrales de la fría ciudad canadiense, hay muy pocos taxis y parecen impensables los problemáticos mototaxis que se han hecho omnipresentes en Caracas, por la calidad del sistema público de transporte colectivo, que no es barato pero sí tremendamente eficiente.

calle_ciudad_300Aún así, hay mucho uso del automóvil y de la bicicleta, pero los conductores dan paso prioritario a ciclistas y peatones en los cruces, los ciclistas no pueden circular por las aceras y no pueden dejar las bicicletas donde les parezca, y en general no parece haber mayores conflictos entre unos y otros (aunque sí accidentes: arrollamientos de peatones o ciclistas por parte de autobuses o automóviles, sobre todo en encrucijadas y cuando hay baja visibilidad).

Lo que parece ser la clave, dentro de una ecuación muy compleja que involucra infraestructura, legislación, tecnología, diseño urbano y educación ciudadana, es que haya normas claras y bien pensadas, que se hagan cumplir.

En una sociedad tan dada a la negociación como la canadiense los conflictos de la cotidianidad urbana parecen hallar siempre el modo de resolverse en paz; pero si los brasileños lo han logrado también en Curitiba y los uruguayos en Montevideo (donde los autobuses son tan puntuales como en Montreal), no tenemos por qué pensar que en el resto de las grandes ciudades latinoamericanas, con sus distintas peculiaridades, sea inconcebible tener normas que todos cumplamos para que vivamos al menos un poco mejor. 

 



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