Muertos de hambre

Desde que en 1984 Etiopía conoció el hambre, esa que confunde la piel con músculos y huesos, organizaciones humanitarias de todo el mundo dijeron nunca más. Aunque varias veces Occidente le ha hecho saber a África que la velocidad no es su divisa, aquella crisis alimentaria se llevó a un millón de personas y desde entonces el continente no había vivido algo de tales magnitudes. Al menos hasta ahora.

En 2005, cinco millones de personas también aprendieron a conjugar el hambre y a morirse de ella en Malaui. Antes de eso, en Somalia, año 1992, se calcula que 300.000 personas murieron desnutridas, pero ni siquiera sumando esas cifras se puede llegar a los cálculos que revela la ONU con respecto a la situación africana de los últimos meses. Según esa y otras organizaciones, 12 millones de vidas están en riesgo, otra vez en el eje de sequías violentas que rodea al Golfo de Adén, donde Etiopía, Somalia, Kenia y Tanzania intercambian fronteras y miserias.

Se dice rápido: docemillones. Se piensa rápido: mueren de hambre.

La ausencia de lluvias ha amenazado la soberanía alimentaria de esas tierras, pero no es el único motivo, y tal vez ni siquiera el principal, para explicar lo que ocurre hoy. En los 80 varios gobiernos del continente suscribieron una serie de medidas sugeridas por el FMI para pagar progresivamente sus deudas y países industrializados (con Francia a la cabeza) comenzaron a utilizar terrenos africanos para cultivar, cosechar, y sacar la comida de ahí. A menudo los productos regresaban a los mercados de Kenia, Somalia y Etiopía con una bandera europea y precios subsidiados, dificultando el trabajo de los agricultores locales que pretendían comercializar in situ. Poco a poco, las pequeñas granjas se convirtieron en terrenos abandonados y es ahí donde la sequía causa mayores estragos.

De esas 12 millones de personas en riesgo la mayor concentración está en el sur de Somalia, donde el grupo islámico fundamentalista al-Shabad controla la zona. Ocurre que esos líderes han drenado mucha agua de las zonas más vulnerables y desde comienzos de 2010 han impedido que cualquier equipo de ayuda humanitaria entre al lugar. Ayuda francesa, por ejemplo, que la semana pasada donó 100 millones de euros para alcanzar una meta que supera los 1.000 millones en donaciones para África. Conciencia histórica, dirán algunos.

La solución a corto plazo pasa por recaudar la mayor cantidad de dinero posible y revertir la situación de riesgo progresivamente, pero la sequía no va a desaparecer y entonces entran en juego proyectos como “Mil huertos en África”, una iniciativa de Slow Food.

La organización de origen italiano ha trabajado intensamente en países angloparlantes de África durante los últimos cinco años, y la contundente evidencia de que el hambre puede combatirse con pequeñas granjas desembocó en esta idea, tan clara como eso que el nombre anuncia. Para Slow Food, África debe definir qué necesita, y en naciones que han entregado tierras a industrias de Europa y Norteamérica la premisa pasa por recuperar espacios abandonados, formar horticultores de acuerdo a las características puntuales de cada ecosistema y producir los alimentos necesarios para abastecer algunas aldeas. Poco a poco.

Lejos de pretender borrar todo con una gran inversión tecnológica, Slow Food prefiere hacer estudios individualizados de cada caso, pues el acceso al agua en el sur de Somalia es muy distinto al de Kenia, por ejemplo. Para eso la Universidad de las Ciencias Gastronómicas, con dos sedes en Italia, estará a la cabeza del trabajo académico, mientras que núcleos (convivium) de la organización en el continente permitirán que el proceso sea descentralizado.

Creer que el hambre de un mundo en crecimiento puede resolverse con iniciativas de producción orgánica es algo inocente, pero no cabe duda de que lejos de la agricultura intensiva también hay soluciones. Eso es “Mil huertos en África”, una idea que puedes apoyar desde tu computadora.

 



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