Historia de domingo: muy cerca

«Una mujer caminando sola la tarde de un domingo es un verdadero desperdicio». Eso musitó mi abuelo, uno de esos días de verano, cuando íbamos juntos al patio a regar árboles.

Alrededor del árbol -el de limones, por ejemplo- se formaba un círculo de agua fresca que la tierra sedienta chupaba, como lo hace, con las palabras que escucha, la mente de un niño.

Mi abuelo era juzgado por sus pasiones. Mi abuela arrugaba la boca, subía una ceja y negaba con la cabeza como tratando de sacudirse lo que alguna tía llamaba -entre dientes y en voz muy baja- «sus tremenduras.»

Pero en mi abuelo no había una pizca de culpa, y eso lo hacía maravilloso, dueño de una felicidad casi infantil. Su sonrisa era contagiosa, el brillo de sus ojos un artificio mágico otorgado por un dios, seguramente pariente de Baco. Ese encanto de mi abuelo yo deseaba que fuese contagioso o, por lo menos, heredable.

¿Abuelo, por qué un desperdicio una mujer caminando sola la tarde de un domingo? Y él, cómplice, entendiendo mis ganas de mantener vivo su encanto, adivinando que decodificaría sus palabras cuando él ya no estuviera allí para sonreírme, me decía: Porque hay momentos en que las mujeres deben estar o en la cama o en la mesa o muy cerca.



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