¿Niñas culpables?

“Cuando pregunté a qué hora regresaríamos a casa porque estaba cansada y quería dormir, mamá me dijo que no volveríamos porque se había separado de papá”.

No sabe exactamente qué fue lo que pasó, solo que su mamá comenzó a estudiar y pasar muchas horas fuera de casa, que una noche hubo una discusión muy fuerte y a los pocos días estaban viviendo con su abuela. Siendo la hija mayor, se sentía responsable de sus hermanos, vivía en tensión y en una tristeza profunda.

“¿Por qué se van a divorciar? ¿qué hice de malo para que dejaran de amarse? A lo mejor cada vez que los interrumpía, que quería estar con ellos, no lo sé, pero sentía que yo era la culpable de su separación”.

Ella tenía solo 8 años, pasó unos cuantos meses sin ver ni compartir con su papá, porque la mamá no lo permitía, pero cuando se logró un pequeño entendimiento, la niña aceptó irse a vivir con él.

Hoy, esa niña tiene 16 años y cuenta su propia historia con una madurez que siento solo la puede dar el crecimiento espiritual. Su edad es adolescencia pura, pero parece que en su mundo pasan mil cosas menos aquello de adolecer, porque lo que más me impactó de su relato fue cuando dijo: “Rezaba todas las noches para que Dios me concediera el milagro, pero no pedía que volvieran a estar juntos, pedía que volvieran a amarse”.

Lo cuenta con tal convicción de haberle pedido a Dios lo correcto, que al ver brillar sus ojos verde-gris, el alma se me estremece.

A medida que la iba escuchando, en mi cabeza pasaba la película de la ausencia de mi papá –de la que ya he contado algunos capítulos en Mujerabilidad– y tuve la tentación de comparar y suspirar “cuántas veces soñé que él llegaría a buscarme de nuevo, pero nunca ocurrió”.

Por supuesto que caí en la tentación y recordé lo absolutamente culpable que me sentí durante años, pero rápidamente también recordé que cada historia es única e irrepetible, con la intención de que obtengamos un aprendizaje relevante para ser mejores seres humanos.

Entonces comprendí que esa mujerabilidad que se está construyendo en ella nace de la certeza respecto a la vital importancia del Amor en nuestras vidas. Claro está, hoy comprendo que mi culpa venía de la sensación irracional de no haber sido amada por aquel que debía hacerlo, porque así funciona la mente y la emoción en nuestra infancia.

No pasó tanto tiempo para que Dios le concediera el milagro de la reconciliación de sus padres y ella hoy está consciente de que aquel posible divorcio no hubiera sido por su culpa.

Agradezco que también me concedió el milagro de reconstruir mi autoestima y mi relación hombre-mujer, que me permite escribir sobre el tema sin dolor alguno.

Hoy me siento profundamente feliz de saber que son cada vez más los hombres que están conscientes de la importancia de su rol de padres, de su presencia en la vida de sus hijas y de lo fundamental que es para nosotras un “te amo, papá”.



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