No hay lugar como casa

Es domingo en la bella Barcelona. El otoño se hace notar: hermosos cielos azules con brisas frías y ese extraño sentimiento que nos pega sólo en esta temporada. Una sensación hogareña y amorosa, donde comenzamos a soñar con esos dulces olores navideños y con la época más familiar del año.

Mi pequeño hogar se resume a una montaña de cosas, maletas y basura. Estoy de mudanza. Llevo un año en esta ciudad y justo, aquí y ahora, sentada con una taza de café negro y una gripe débil e incómoda noto algo: no me siento en casa.

Un año en una ciudad que lo ha brindado todo. Me entristezco al confesarle a mi madre que he olvidado parcialmente mi número de cédula (aunque nunca he sido de mucha memoria), y he comenzado a ver borrosas algunas imágenes de mi memoria.

Nací y crecí en Caracas. A pesar de lo que se pueda decir, fue mi hogar durante bastantes años de vida; sin embargo, tampoco llegué a sentirme en casa, excepto en ocasiones muy particulares. Despertar el domingo con la frescura del aire, escuchar a mi padre preparando su equipo de música y mi madre inspirada en la cocina. Abrazar a mi gato y disfrutar un buen café. Domingos caraqueños.

Paseando entonces por mis recuerdos, noto que los momentos donde he tenido un sentimiento realmente hogareño ha estado involucrada la variable personas más que la variable lugar: nuestro hogar se compone por quienes nos rodean y lo que ellos nos puedan transmitir.

Mi mente se conmueve y recuerdo que él está lejos. Físicamente lejos. Miro a mi alrededor y nos recuerdo aquí, un domingo cualquiera, pasando la resaca entre pizza, YouTube e historias de nuestras vidas. Me sentía en casa.

Nos recuerdo también en París, en un piso tan pequeño que podíamos conversar mientras me duchaba y él escuchaba música. Esa tarde en el cementerio visitando a Cortázar, bajo la lluvia y mi sentido de terquedad que me llevó a sufrir una gripe mortal. Lo recuerdo a él, elegante y preocupado guiándonos por el metro con la esperanza de llegar a la ópera mientras yo sólo disfrutaba mirarlo y reírme de su seriedad. Ahí, con un clima fatal y perdidos los dos, me sentí en casa.

Recuerdo también una tarde de verano en Alemania. Un paseo en bici por los pequeños espacios del pueblo y nuestras carreras de velocidad que siempre perdí intencionalmente. Nos recuerdos escuchando a Chet Baker refugiados bajo la cobija riéndonos, él hablando de cine y yo hablando de libros. Mi sentido de terquedad quería una foto y su sentido de perfección discutía que la luz estaba fatal. La foto salió borrosa. Tuve mi foto y él tuvo la razón, me sentía de nuevo en casa.

El hogar no se forma por lujos ni por grandes casas. El sentimiento de pertenecer y saber que no habría nada por lo cual cambiar el momento se nutre de los detalles, el amor y esas historias tan sencillas y tuyas que el simple recuerdo hacen sonreír a cualquiera.

Ya no importa dónde me encuentre. Ya comprendo quién es mi hogar, y mientras regresa tendré muchos recuerdos para mantenerme entretenida y totalmente en paz.

Love, R.



Deja tus comentarios aquí: