No por estar lejos se está ausente

Mil veces me hice la misma pregunta: «me voy o me quedo». Varias veces la dejaba pasar. Otras, me abrumaba de nuevo. Una vez que decidí irme, obviamente, el dilema se superó. Pero en estos meses que he estado afuera, me he dado cuenta que los cuestionamientos no terminan. En circunstancias como las que atraviesa Venezuela, vienen a mi mente preguntas tan difíciles de responder como ¿qué estoy haciendo aquí por mi país? ¿Soy una cobarde por haberme ido? ¿Qué hago aportando en una sociedad que tiene todo hecho y no en mi país donde está todo por hacer?

Esas preguntas vienen a mí todos los días. Puede que mi perenne cuestionamiento venga porque no he asumido el exilio. O porque simplemente me niego al desarraigo. Ambos inclusive. Pero me cuesta no sentir dolor por lo que ocurre en el país y me envuelve un sentimiento de impotencia por no poder hacer nada. Mi jefe –quien también es extranjero- llegó a decirme en estos días: «uno de los errores de los exiliados es quedarse mirando hacia atrás y no mirar hacia adelante, hacia el futuro».

Y no dudo de que tenga razón. Pero yo sigo allí, enganchada. Incluso, he llegado a sentir que traicioné al país que me dio todo y que debí haberme quedado a dar la pelea. Quizás es un sentimiento propio de quienes somos periodistas que tenemos en nuestro ADN el llamado inherente a ser un servidor público. ¡Qué sé yo!

En un intento por mantenerme activa diseñé junto a una amiga una página para reunir a todas las organizaciones que trabajan por Caracas, como un regalo a distancia a mi ciudad que cumplía 447 años. Una buena iniciativa, sin duda, pero sentí que no era suficiente. Y mi pesar se ha hecho más notable en la medida que las cosas empeoran. No puedo ser indiferente al desmoronamiento que vive Venezuela y conformarme con ser una simple espectadora.

Pero por esas cosas del destino, una amiga me envió un texto que me ha hecho pensar en qué hacer aunque se esté lejos. Tomo un extracto que dice así: «A quienes se fueron les pido, sean honestos, trabajen duro, sacrifíquense, logren un futuro y cuando eso suceda, porque sucederá si ustedes quieren que así sea, levántense con el orgullo de ser venezolanos; ese venezolano que es buena gente, alegre, espontáneo, trabajador, familiar, pacífico, decente y noble.»

Y sí, aunque no sea consuelo, creo que a la distancia lo mejor que puedo hacer (me gustaría decir “podemos hacer”, pero eso lo dejo a conciencia de cada quien) es dar lo mejor de mí. Demostrar los valores de nuestro gentilicio. Y ser reflejo de lo orgullosa que estoy de mi nacionalidad, aunque hoy nos duela y nos pese. Ser ejemplo de que somos gente trabajadora, honesta, alegre, gentil, que no nos dejamos amilanar por nada. Ser la mejor embajadora. Pues un país no lo hacen sus gobernantes, sino sus ciudadanos. Reconocer que hay cosas malas, pero no dejar pasar las buenas. (que por cierto, son muchas). No en vano se le bautizó como “Venezuela, tierra de gracia”.



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