No solo valen los días buenos

Ilustración de José Alejandro Ovalles [email protected]

Por muchas razones nos gustan las fantasías, entre ellas, porque nos embelesan con la ilusión de una cierta perfección. También porque en su juego de espejos nos brindan la impresión de que las cosas están mejor en otro lugar. La imagen del pasto más verde en el patio del vecino es más que una zancadilla que nos hacemos nosotros mismos, porque en realidad, hojas marchitas tenemos todos. La diferencia está en cómo las fertilizamos y podamos en el momento.

En días recientes entrevistaba a la psicóloga chilena Pilar Sordo, quien ha descollado como una de las escritoras más exitosas en temas de pareja y familia. Una mujer que debe saber muy bien cómo manejar una relación ¿verdad? Error. No fue sino tras su divorcio que entendió a cabalidad todos los factores que entran en juego en las relaciones interpersonales, y todavía, confiesa, está encontrando respuestas.

No es secreto: son los tiempos difíciles los que traen el aprendizaje más profundo. Esto se aplica para una persona, una familia o un país. Porque en la plenitud y la bonanza el aire fresco nos acaricia pero no siempre lo valoramos. En cambio, cuando se conoce el frío y la oscuridad esa misma brisa adquiere otra perspectiva. 

¿Significa esto que debemos conocer el dolor para entender mejor el gozo? La respuesta está tejida en la vida misma, que en su devenir, ofrece tanto una cosa como la otra. De nuevo, la diferencia está en qué hacemos con el momento que estamos atravesando. Si nos sumergimos allí para no sacar de nuevo la cabeza lo más seguro es que nos ahogaremos. Pero también, podemos tocar fondo y salir a flote realmente transformados.

En el universo del bienestar abunda gente que asegura tener las claves mágicas para la felicidad. También proliferan los discursos que buscan borrar los días malos, cuando en realidad, son esos días los que brindan la oportunidad de poner en práctica nuestra voluntad, compasión y equilibrio. Todo esto forma parte de un mercadeo de la plenitud que esconde la basura bajo la alfombra, sin reconocer el valor que este “sucio” tiene para nuestro crecimiento.

Te lo digo por experiencia propia. Los últimos meses, en los que he explorado a fondo en temas de inspiración y calidad de vida, han sido también algunos de los más complicados para mí: pérdida de entusiasmo, ligera depresión, estrés económico, irritabilidad y varias visitas al terapeuta. Pero gracias a ellos he obtenido una dimensión más rica y fascinante de mi complejidad como ser humano. Y esto me ha permitido disfrutar como nunca de los días buenos, que ahora, pasado el temporal y tras un esfuerzo activo en derivar las mejores enseñanzas, puedo decir que superan con creces los malos.

Y es acá donde está el mensaje: si lo que buscas es evitar a toda costa el dolor y el sufrimiento, estás conduciendo a toda velocidad contra una pared. Y si piensas que hay gente que ha sido capaz de saltarse las malas experiencias para llegar a un estado de iluminación ideal, estás comprando una fantasía. 

Lo que no mata, engorda, solíamos decir en el colegio cuando se caía el sándwich al piso y rápidamente lo levantábamos para darle un mordisco. La frase era una adaptación ramplona de las líneas del filósofo alemán Friedrich Nietzsche, quien decía “lo que no me mata, me hace más fuerte”.

Y por lo general, esos días espesos que todos tenemos no serán tan fuertes como para derrumbarnos. A menos que nos quedemos atrapados en ellos y no aprovechemos la oportunidad que nos brindan para abrir los ojos y ver la luz. Que bien vale la pena.

 



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