¿No te gusta tu edad? ¡Escoge otra!

Lo de la crisis de la edad no está reservado para los que llegan a los cuarenta o los cincuenta. La incertidumbre también llega a los de veinte y treinta. Al fenómeno lo llaman quarter-life crisis. Incluso entre los niños hay una expresión cuando alcanzan los diez: “llegamos al doble dígito”.

Pareciera que cada década nos sirve de referencia y pone de manifiesto nuestra preocupación sobre el futuro y/o sobre lo que hemos alcanzado.

Que cada nueva década nos lleve a reflexionar sobre nuestra existencia no es mayor problema, el problema está en si esa reflexión nos condiciona o paraliza. Los jóvenes reciben día a día informaciones sobre veinteañeros que triunfan en los deportes, las empresas, el espectáculo o que simplemente son famosos en las redes sociales, eso lleva a los de veinte y treinta a preguntarse sobre lo que han logrado y dudar si han escogido el camino correcto en sus estudios o en sus trabajos. Los millenials compiten contra ellos mismos en un mundo que se debate en las redes sociales y que mide los triunfadores por el número de seguidores, los cuales se consiguen exhibiendo triunfos.

En los cuarenta y cincuenta surgen temores de no poder avanzar o de quedar fuera del escenario laboral o social, pero sobre todo las interrogantes surgen hacia las capacidades físicas y mentales. La vejez se ve inmediata y comienza una lucha por retrasar su llegada. Los cuarentones y cincuentones compiten por no quedar fuera del mundo que dominan los millenials.

Tu edad no la puedes cambiar, pero la forma en la que la vives sí. El número no te define, sino tus acciones. Tomar decisiones en base a los años que se tienen pueden ser acertadas, siempre que te permitan estar cómodo contigo mismo, pero si te paralizan o te hacen sentir frustrado, debes arriesgarte y emprender las acciones de acuerdo a tus objetivos y no con base en los paradigmas de la edad. Muy simple, quieres aprender un nuevo idioma o un nuevo deporte, pero estás muy viejo, rompe el paradigma, estudia tus fortalezas y debilidades y manos a la obra.

Como decían en mi pueblo, ¡más vale tarde que nunca!



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