No tiene nombre

Pasé tres años, quizás un poco más, escribiendo todas las semanas. Vivía encontrando historias en cada circunstancia.

Desde mis amigas de toda la vida hasta las más perfectas desconocidas me contaban sus vidas, y yo las iba entrelazando con la mía, buscando construir algo que todavía siento necesitamos lograr: mujerabilidad.

Pero un día, no sé con qué pretexto —porque las historias continuaron allí— dejé de documentarlas, de reflexionarlas, de hurgarlas. Me cuestionaba, me olvidaba, pero tenía la certeza de que volvería aquí, a mi esencia, a volver a disfrutar de las teclas “modo mujerabil”.

La semana pasada viví un episodio que me hizo volver aquí. Un conocido, por circunstancias que no vienen al caso, me comentó que fue proxeneta. Lo dijo como quien fue carpintero y ahora es comerciante. En mi cerebro se repetía sin cesar la palabra y su significado. Puse todo mi empeño para no emitir ningún juicio y escuchar con mucha atención todo lo que decía.

“Las prostitutas son mujeres capaces de ponerse a la altura de cada tipo, si son unos malandros ellas se comportan igual; pero si el señor se siente solo, ellas lo hacen sentir especial. Te explico, puede que ni siquiera tengan relaciones sexuales, porque lo que ellos necesitan es atención, mimos, alguien que los escuche. Ellas se ponen al nivel de lo que cada cliente necesita”.

Busqué en su mirada algo que me permitiera hacerme una idea más profunda sobre sus convicciones, y solo encontré a alguien que no juzga nada y es capaz de todo, alguien que no ve nada de particular ni dañino en beneficiarse económicamente de la prostitución de una mujer.

Allí me quedé clavada, porque más allá de que el proxenetismo esté tipificado como un delito, es incalculable la cantidad de niñas y mujeres víctimas de violencia, maltrato, tráfico y vejaciones, a manos de hombres y también de sus congéneres.

Mi reflexión se centra en el dolor, en la profunda ausencia de amor que sufren ellas y ellos. ¿Cuán solo se tiene que sentir un hombre para decidir pagar para que lo abracen, lo escuchen y lo hagan sentir que es querido e importante, aunque sea a cambio de dinero? ¿Qué hay en el alma de una mujer que prefiere esta vida, que es demasiado poco probable que tenga algo de alegre y fácil? ¿Qué pasó en los caminos de todos los involucrados para convertir sus existencias en meras transacciones comerciales?

Yo confieso que no tengo la más mínima idea de las respuestas a cada pregunta. Solo dan vueltas en mí, mientras imagino las ausencias, los golpes, las soledades, las falsedades y todo eso que instala desasosiego, rabia, impotencia y resignación en todos los que viven esa realidad.

Abro mi corazón, mi alma y mi mente para reducir a cero el juicio y elevar a mil la compasión, que debe incluir hasta al proxeneta, aunque sea violento y desalmado (que no parece ser el caso de quien protagoniza mi historia de hoy); porque solo desde allí es posible lograr un cambio en el mundo, cuando comprendamos que todos somos parte de la misma historia de amor/desamor y que solo con amor concreto que perdona, comprende y acoge al otro es posible transformar las realidades dolorosas por realidades armónicas.



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