Nosotras que nos queremos tanto

Hace más de tres meses que, por múltiples razones, que no vienen al caso, no le he dedicado tiempo a Mujerabilidad.

Este año, que comienza a convertirse en pasado, ha sido uno de los más convulsionados, desde cualquier perspectiva individual, colectiva o global. No hace falta listar los hechos de violencia, las muertes injustas, los escándalos de toda índole que suceden en paralelo con las violencias íntimas a las que llevan el desamor y el irrespeto. Pero —aunque parezca irrelevante— hay miles de millones de seres humanos con el firme propósito de que su entorno sea más apacible, armónico y definitivamente disonante con la violencia que vocifera el mundo; allí me incluyo, con mis mujerabilidades, con las que voy por ahí intentado apoyar a quienes Dios me pone en el camino.

Este año he visto cómo muchas de mis amigas han vencido obstáculos que parecían insalvables; cada una con su estilo, sus fuerzas, sus miedos, pero todas mujeres que decidieron mirar lejos y conquistarse a sí mismas.

Sigo acompañando a otras que todavía no han descubierto su capacidad de encontrar la luz y están empeñadas en culpar al mundo de sus desgracias; lejos de juzgarlas, ahí estoy para escucharlas, con la certeza de que en algún momento llegará el aprendizaje que las hará descubrirse fuertes, valientes y bellas para emprender y aprender su propia felicidad.

También me ha tocado demostrarme, sin proponérmelo ni pensarlo, que es posible tender una mano a aquella que alguna vez me hizo daño y podría volvérmelo a hacer, pero que sufre y necesita palabras de aliento y comprensión.

Con todo esto y más, he seguido construyendo mi propio ser, mi misión y mi mujerabilidad.

Hace tres años escribí “Maltrato ¿por historia o por costumbre?”, entrada que terminaba preguntándome si Venezuela sería una mujer maltratada. Hoy no me cabe la menor duda, pero este año he sentido la dicha de verla despertar, porque decidió enfrentarse a su maltratador y decirle “no me pegas más”. Lo que no significa que ya aprendió lo suficiente y que el maltratador se fue definitivamente o que luego de esta reacción él no pueda hacerla caer de nuevo en la tentación de aquel que con todo su machismo es capaz de volver a hacer con ella lo que quiere. Pero sí significa el primer despertar de la mujer que decide que este amor no es tal y que debe hacer algo para vivir lo que se merece y no lo que “le tocó”.

De lo que estoy segura, porque así lo he experimentado, es que cuando llega ese despertar el camino hacia la libertad es irreversible, puede ser que caiga un par de veces más porque cambiar hábitos de maltrato toma tiempo y requiere de mucha conciencia,  pero en cada caída la recuperación es más consistente, hasta que el maltratador se queda fuera de nuestras vidas y comienza el proceso de reconstrucción.

Tengo la fe y esperanza absolutas de que así será y que esta Navidad será el momento de reflexión individual y colectiva que todos necesitamos para dejar el maltrato atrás y construir el país que nos merecemos, porque si algo tiene Venezuela es mujerabilidad.



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