Nuestra realidad, nuestro camino

Hoy tuve una dosis de Inspirulina y quise compartir esto con toda la comunidad.

Recibo y leo mensajes de personas que sienten que la luz está lejana. Que a pesar de los esfuerzos, marchas, protestas, votaciones, artículos, nada pasa en realidad. Que los resultados electorales no expresan con contundencia el sentir de una gran parte del pueblo que se siente indignada con la situación. Y luego de las afirmaciones de desesperanza y cansancio viene la ola de «Ya me harté ¡Hay que hacer algo!», seguido de una cantidad de ideas y planteamientos, más que todo radicales, para «acabar con esta situación».

¿Mi lectura? Se puede hacer más, sí, pero vamos muy bien. Solo hay que aceptar algunos hechos, y seguir trabajando. Permítanme explicarme.

Hoy en Venezuela, el campo de acción de todo ciudadano al que le duela su país va más allá de lo político (aunque es absolutamente necesario). Se eleva a lo educacional, cultural y moral. Y en base a eso, existen para mí, tres verdades que hay que asumir y asimilar como paso uno y elemental:

Primero: no va a venir ningún milagro, se requiere de mucho, muchísimo trabajo para salir adelante. Segundo: no va a venir ningún héroe, ese trabajo lo tenemos que hacer todos. Y tercero: «esto» no se acaba con unas próximas elecciones, ni siquiera ganándolas, esto es un trabajo que tomará 50 años.

Pensemos que trabajamos en un país que quizás nunca veremos nosotros, sino nuestros hijos y nietos. Que no tendrá un líder, sino 5 millones de líderes. Y que no se hace a fuerza de deseos e ilusiones (ni insultos) sino de trabajo. No aceptar alguno de esos tres preceptos es la receta perfecta para la frustración, en la cual muchos han caído. ¿Es injusto que nos haya tocado a nosotros? No lo sé. Qué decir de los que viven en territorios sin agua, en guerra, refugiados, vivieron holocaustos, inquisición, epidemias, hambruna. No creo que sea sano pensar si es justo o no, ni si tengo que consolarme porque otros han vivido peor o no. El hombre sufre por no aceptar su realidad, y esta es la nuestra. Punto.

Por mi parte, entre otras cosas, escribo. No soy presidente, ni político, ni empresario, ni hacendado. Expreso mi indignación por tanta maldad, e intento promover la reflexión. Mucha gente me dice que es inútil, que no vale la pena intentar educar ni hacer reflexionar, que «para qué hablar si nadie escucha». Para esos, déjenme resumirles la historia de Arhual.

Una joven llamada Arhual iba caminando por la orilla de la playa cuando observó a una mujer lanzando objetos al mar. Al acercarse se percató de que ésta estaba lanzando estrellas de mar al agua, y le preguntó por qué lo hacía.
– Están varadas en el mar -respondió la mujer-, cuando levante el sol de mediodía se secarán y morirán. Las devuelvo al agua para que sobrevivan.

Arhual miró a su alrededor asombrada y le contestó: «!Estás loca! !Hay cientos de miles de estrellas en kilómetros de costa! ¿Crees que vale la pena?».

La mujer se inclinó una vez más, tomo otra estrella de mar y la arrojó con fuerzas mar adentro. Luego sonriendo le respondió «Para esa –dijo–, valió la pena». Arhual hizo silencio unos minutos, tras lo cual tomó una estrella ella misma, la lanzó hacia el mar, y al hacerlo, descubrió esa sensación poderosa pero subestimada de simplemente hacer lo correcto.

Yo creo que estamos avanzando en la dirección correcta, eso es lo importante. ¿Lento? Así lo parece cuando se trabaja en el largo plazo. No veamos la foto, veamos la película. Ahí están los análisis, vean los números. ¿Hay trabajo por hacer? ¡Muchísimo! Así que no es momento de bajar los brazos, solo recordar los tres puntos que mencioné. Hay estrellas varadas en la arena, ¿Las abandonamos y perpetuamos el ciclo o salvamos a una y damos un paso en la dirección correcta?
Vamos bien, muy bien. Sigamos trabajando, proponiendo, enseñando, denunciando y votando. La Venezuela digna viene en camino.



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