Nuestras experiencias

Luego de dejar mi país de origen contra mi voluntad y deseos, me refugié en una especie de negación de todo lo que se relacionara con él. Años después me permití ver que lo había hecho para evitar reconocer cuánto dolor había encerrado allí. Retomé contacto con mis afectos gracias a las redes sociales. Muchas de esas personas que contribuyeron a conformarme y que ignoran lo importante que fueron, ya que me los llevé a todos conmigo. El que se va, hace eso. Los que se quedan continúan con su vida.

Cuando me reencuentro con mis antiguos compañeros y amigos, pareciera que el tiempo no ha pasado. Todos tenemos canas y arrugas, pero nos sentimos internamente los mismos jóvenes que fuimos y la comunicación fluye fácilmente. Es el “como decíamos ayer…” de Fray Luis de León, repetido por Miguel de Unamuno siglos después.

Hay algo que perdemos cuando nos vamos del país donde nacimos, donde tuvimos vivencias compartidas con amigos, familiares, compañeros. Lo que implica el día a día en la vida: graduaciones, bodas, nacimientos, viajes. Esa amistad que hace imposible para algunos siquiera imaginar dejar su medio, por más difícil que se presente la realidad nacional. Mi ciudad natal es grande, pero lo suficientemente pequeña como para que se pueda conocer lo que pasa en la vida de la gente conocida. Eso, lo perdí.

También dejamos atrás aquel marco familiar que encerró nuestro pequeño mundo, el del barrio, el de la gente conocida, que estaba siempre allí. Tal vez nos parecía aburrida aquella realidad, pero era lo que nos daba seguridad, estaba siempre allí. Recuerdo ahora personajes icónicos de mi infancia: “las Martínez”, un par de señoritas españolas muy mayores que tenían una reja con unas flores blancas de aroma incomparable; “la vieja del pan”, una anciana que compraba pan todos los días y que al morir dejó un ropero lleno de pan duro; “Giglio”, el enfermero a domicilio que llegaba con aquella caja de metal con jeringas de vidrio y que al irse dejaba aquella estela de olor a alcohol; “doña Elvira”, aquella vecina que vigilaba todos nuestros movimientos, muy curiosa de la vida ajena, pero que era la primera en echar una mano al necesitado. Había nacido con el siglo y era analfabeta; o Margarita, la primera persona que conocí que emigró hacia la lejanísima California, y que regresó años después una Navidad, rodeada de aquel halo de misterio que tenía quien se iba. Muy raro en mi infancia. Recuerdos que no puedo comentar con nadie conocido, porque todos ya han partido, pero que están en mi cine interior. A veces, se me presentan imágenes nostálgicas de lo no compartido, pero tengo muchas otras que se formaron con amigos y realidades maravillosas de los nuevos lugares.

Pero yin yang de por medio, en una experiencia espiralada, mi vida afuera fue desarrollándose entre negativos y positivos, y pasé a ser “de todas partes”. Tuve la suerte de encontrar un médico que había estudiado precisamente en mi ciudad y compartió conmigo su aprendizaje: no querer hacer mi pequeño país en medio del que me acogió y tampoco creer que los únicos buenos amigos eran los que había dejado atrás. Eso, unido a mi natural creencia que siempre hay algo positivo en todo, me permitió abrirme a las nuevas experiencias. Me enriquecí.

Aprendemos a vivir ligeros de equipaje y a desapegarnos. No se puede regresar. El pasado no puede ser una carga ni se puede cambiar. Es que no existe. Perdemos el tiempo si nos dirigimos hacia atrás y nos alojamos allí. Podemos caer en la trampa de sentirnos víctimas. De lo vivido, debemos extraer la enseñanza que conlleva y seguir hacia adelante. Tenemos que estar alertas y recordar que somos los actores de nuestra propia obra. Tener siempre presente que, haciendo uso del libre albedrío, lo que vivimos, es lo que nuestra verdadera naturaleza espiritual ha programado para nuestro aprendizaje en esta experiencia física.

En este enlace puedes disfrutar Retratos, por Serrat, quien me encanta.



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