Nuestras madres

Todos hemos leído un correo que describe cómo va cambiando la visión que tenemos de nuestros padres en diferentes décadas de nuestra vida. No solía prestarle atención, pero a medida que van pasando los años, voy comprobando lo certero del mismo. Mientras vamos viviendo, nos apoyamos en nuestros padres sin darnos cuenta. Están presentes en nuestra visión de la vida, muchas veces en nuestra conducta, nos acompañan aunque estén lejos, y aún después que han partido, siguen presentes en nuestro interior. La conexión energética no se interrumpe en la frontera de la muerte.

Hemos escogido la familia en la cual hemos nacido. Hemos participado en esa elección, según el plan de vida que nuestra alma se ha trazado al venir. Esto es clave para entender a nuestros padres, para aceptarlos, para perdonarlos, para agradecerles. Nuestro camino parte de una familia; trascenderla sin culpas ni reclamos es nuestra escogencia.

Nuestros padres, igual que nosotros si también lo somos, han hecho lo mejor que pudieron con sus herramientas, con su historia personal, con el hilo sutil que nos une generación tras generación, que nos conforma en nuestra carga genética, en nuestra memoria celular. Esa escogencia nos permitirá conservar lo “positivo” y transmitirlo, y aprender de la comprensión de lo “negativo” y aplicarlo. Cuando participé como grupo de apoyo en una sesión de Constelaciones Familiares, pude ver claramente, sin juicios, y con amorosa comprensión que somos como marionetas cuyos hilos son movidos sutilmente por poderosas manos invisibles. Al tomar conciencia de esto, se va produciendo la sanación y dejamos de repetir patrones para no “traicionar” a nuestra familia.

Estamos cercanos al día que se ha escogido para celebrar a nuestra madre. Podría escribir un libro con mis vivencias con mi mamá. Desde la ternura con que me atendía cuando me enfermaba, hasta las discusiones sobre mis decisiones personales. A medida que fui avanzando en mi camino, me encontré citándola muchas veces por sus consejos, por su sabiduría, por sus obras. La reconocí en mi accionar. La fui admirando por cómo había resuelto su vida. Todos mis juicios, mis reclamos, mis quejas, se fueron transformando a través de la comprensión de ella como persona. Por circunstancias personales tuvimos que vivir muy lejos y no estuve a su lado cuando partió, pero hace muchísimos años que ella es un —¿cómo describirlo?— sentimiento tal vez, en mi interior, en mi centro. Es algo que está siempre allí. Es amor puro y simple, de una dulzura en la que me asiento con absoluta calma, serenidad y sentido de pertenencia que presiento trascenderá mi partida y se irá conmigo.

Soy madre y abuela, así que he juzgado y fui, soy y seré juzgada. Como todos. ¡Cuántas dudas! ¡Cuántos desvelos! ¡Cuánta alegría y satisfacción! Veo a mis hijos desarrollando sus vidas, siendo a su vez padres y haciendo lo mejor que pueden desde su comprensión. Tengo la convicción de que cada generación mejora a la anterior, así que sé que ellos lo hacen y lo harán mejor que yo, y aspiro que puedan encontrarme y descubrirme en lo “bueno” y en lo “malo”, aplicar lo primero y evitar lo segundo.

Finalmente, esto es parte de nuestro plan de vida, el que pergeñamos, y el que viviremos, recordando que somos eternos seres espirituales experimentando físicamente.

Disfruta este video sobre las madres.



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