Nuestro poder escondido

“La gente me dice que soy afortunada porque, a pesar de la crisis, mi familia y yo podremos realizar este viaje de vacaciones sin problema”, me dijo una amiga que la sincronicidad del universo trajo a mi vida un día particularmente difícil. Ella continuó hablando y mi mente se perdió en un mundo de pensamientos que me llevaron a recordar lo que sabemos, pero olvidamos cuando permitimos que nuestro ego pretenda hacernos creer que es el dueño de todo y cuando nos sentimos inmersos en una lucha intensa y trabajosa, para alcanzar logros en nuestra vida.

Somos seres espirituales, divinos, eternos, hechos por un ser perfecto del cual formamos parte. Aquí, cada quien le pondrá el nombre que sienta y crea tiene: Dios, universo, la fuente, energía universal. El principio es el mismo. Provenimos de algo perfecto, todopoderoso, omnipotente, cuya esencia es el amor, fuente de abundancia infinita, donde todo es posible, de donde proviene todo lo que disfrutamos, todo lo que ni siquiera imaginamos podemos ser y alcanzar. Pero nos olvidamos.

Tenemos a nuestra disposición poderosos instrumentos en la meditación y la oración para alcanzar el lugar interno donde nos fusionamos con esa fuente poderosa elevando nuestro nivel de conciencia a niveles que nuestro ego lucha por evitar. En la meditación, que requiere constancia, dedicación y perseverancia, podemos encontrar el equilibrio mente, cuerpo, espíritu, alma, en movimiento ascendente y progresivo. En la oración, usando un diálogo sincero y directo, nos podemos fusionar con la fuente divina. Utilizando ambos caminos, nada es imposible o, mejor, todo es posible.

Hay una realidad externa y ciertas circunstancias que no podemos cambiar, pero que sí podemos vivir de una manera mucho más ligera y fluida. Nos disponemos en una actitud de apertura y entrega, de fe y confianza; dejamos de lado nuestros temores, creencias, aprehensiones, limitaciones; aceptamos la condición que estamos viviendo de manera simple y llana. ¿Es esto posible alguien dirá? Sí. Cuando nos sentimos unidos a la divinidad, fuente de abundancia, salud, felicidad, paz, amor, nos hacemos a un lado (nuestro ego se hace a un lado) y hay un canal abierto; nos integramos; somos uno.

En oración sincera, hablamos desde el corazón expresando nuestra confianza, reiterando que aceptamos la chispa divina que nos generó y que es fuente de todo, entregándonos con fe al fluir de la vida, poniendo nuestras dudas, problemas, temores, limitaciones en sus –digamos- manos, confirmando que conocemos y sabemos que nunca seremos abandonados, que siempre tendremos lo que necesitemos, que siempre participaremos de esa abundancia. Todo esto sentido, vivido, desde la fe sincera, la que nace de nuestras profundidades. Todo esto acompañado de nuestro hacer, es decir, moviéndonos en nuestro diario vivir.

Esto es posible; es más, esto es magníficamente posible. Te invito a recordarlo. Tú lo sabes. Tú tienes el poder de cambiar. Tú tienes el poder de alcanzar y materializar tus sueños más profundos. Tú puedes vivir en la abundancia si te propones trabajar sin descanso en tu crecimiento interior. Allí está la fuente. Lo que se materializa, es lo que logramos desde adentro. No es que alcancemos lo que está afuera. Es al revés.

¿Qué puedes perder si te trazas un plan de trabajo interno permanente, creciente, diario? Te invito a hacerlo. Una advertencia: serás tentado al desaliento, te dirás que llevas días siguiendo el plan y no ves resultados, tendrás ocupaciones que te distraerán y te darás argumentos para posponer para luego o para mañana lo que tenías programado para ese día, te dirás que tú no podrás lograrlo, que no tienes suerte, que tu vida es complicada. ¿Sigo? No. No hace falta. Ya comprendiste. De todas formas, cuando te suceda (que puede que así sea), no te desalientes ni te castigues por fallar. Empieza de nuevo. Los efectos son acumulativos. Cuanto más lo practicas y lo creas, más y mejores resultados obtendrás. ¡Adelante! Tienes todo para ganar y nada para perder.

Te dejo dos videos con opciones:



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