Obesidad: mala para las ciudades y el planeta

Obesidad: mala para las ciudades y el planeta

La obesidad es mala para la salud: si pasas todo el día sentado y casi no caminas, y consumes en abundancia comida procesada, tiendes a engordar y a poner en riesgo tu condición cardiaca, el funcionamiento de tu sistema digestivo, tu estructura ósea, tu bienestar mental. Eso es ampliamente conocido y, al menos para muchas personas, obvio. Lo que no es tan evidente, al parecer, es la relación entre la obesidad y asuntillos como el calentamiento global, los conflictos del Medio Oriente y el drama del tráfico.

La obesidad es mala para las ciudades: Ayuda a alterar el clima y hace que las autopistas rebosen de vehículos. ¿Qué tiene que ver el aumento de la obesidad con el tráfico? Mucho. Mientras más obesos hay, hay más gente que prefiere andar en carro que a pie, en bicicleta o en transporte público. La obesidad hace crecer el parque automotor, lo que vuelve las ciudades más calientes e incide sobre las lluvias o los incendios forestales. Y los carros hacen crecer, hacia los lados, a las personas, porque quien se hace esclavo del auto corre más riesgo de engordar; un estudio de la Universidad de Illinois identificó un patrón muy elocuente en Estados Unidos: cada año de aumento en las millas recorridas por conductor con licencia ha coincidido con un incremento de la obesidad seis años después. El que comienza a manejar más, seis años después ya es obeso.

Ese no es el único círculo vicioso: obesidad y suburbio están relacionados. Recordemos que el modelo predominante de construcción de viviendas para las clases medias y altas en Estados Unidos desde la posguerra (fuertemente promovido en América Latina, pero también en Asia y en Europa) ha sido el de la urbanización extensiva, el urban sprawl: vender casas en las periferias de las ciudades, lejos de los demás (que se van volviendo extraños, indignos de confianza), con jardines propios (que hay que regar, con el consiguiente gasto en agua) y a las que hay que llegar en carro, al menos uno por familia.

Es la vida suburbana, que promueve la obesidad porque obliga a pasar más tiempo en el automóvil. Y el desarrollo de suburbios ocasiona -además de inmensos malls que emiten muchísimo dióxido de carbono con sus neveras y sus aires acondicionados- deforestación, puesto que implica urbanizar más y más territorio, lo cual significa más demanda de agua, más carreteras, menos bosques y, como suma de todo eso, menos biodiversidad, más sequía y más incendios forestales. Al occidente de la “ciudad” de Doral, en Miami, se talan y desecan los pantanos originales para levantar en su lugar más suburbios; ¿cuántos casos como esos conocen ustedes?

Como consecuencia de todo esto, la obesidad es mala para el planeta: A medida que ha crecido la obesidad, sobre todo en Estados Unidos (74% en los últimos 15 años, afecta al 28% de la población de ese país), lo han hecho también la dependencia del automóvil y de los combustibles fósiles (petróleo, gas, carbón): nada menos que los principales culpables de que el planeta haya subido tanto su temperatura promedio desde la Revolución Industrial.

Eso se traduce en un mayor impacto en la economía familiar estadounidense del precio de la gasolina, y por tanto, más presión sobre la política exterior de Washington para que intente bajar los precios internacionales del petróleo (mediante intervenciones militares en países productores inestables como Irak, por ejemplo) y más en la política interna, ante la cual intentan ganar apoyo distintos grupos e ideologías, desde los que defienden la redensificación de las ciudades y el regreso de viviendas y comercios a los downtowns, hasta los que como Rob Ford, el actual alcalde de Toronto (obeso, por cierto) llegan al poder con los votos de los conductores y declaran, al mandar a parar un proyecto de tren ligero, que “the war on car is over” (la guerra contra el auto ha terminado).

Más razones, por tanto, para no ser obesos. Y ni siquiera estamos teniendo en cuenta el impacto de la industria de la comida procesada en el medio ambiente o el precio mundial de los alimentos, ni el adelgazamiento de la convivencia democrática que la vida suburbana trae consigo.



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