Ojo: ser firmes no equivale a ser violentos (parte II)

Así como estamos dispuestos incondicionalmente a respetar a nuestros hijos, a acompañarlos y adaptarnos a sus necesidades, llegado un momento de su desarrollo evolutivo, es deseable mostrarles que, en ocasiones, los demás también necesitan y esperan ser respetados, acompañados y complacidos. Por ejemplo, si el niño está aburrido y quiere jugar con nosotros, podemos dejar nuestra tarea pendiente para ir a jugar con él, explicándole que luego de un tiempo debemos regresar a nuestra tarea y que esperamos que él nos permita realizarla, transando así, por «un ratito tú y otro ratito yo».

El problema surge cuando los adultos no sabemos reconocer, nombrar, por tanto explicar y pedir asertivamente a nuestros hijos, lo que necesitamos de ellos. Tal vez porque nadie nos enseñó a reconocer y pedir de un modo transparente lo que necesitamos durante nuestra propia infancia plagada de tratos autoritarios, exigencias desmedidas y descalificaciones constantes hacia nuestras necesidades legítimas. Así las cosas, los elementos quedan servidos para que padres y madres, incluidos los que decidimos apostar por la crianza respetuosa o intentamos practicarla, seamos susceptibles de atravesar los linderos hacia el tan denigrado «exceso de permisividad». Me refiero a los casos de niños que se violentan, patean, gritan y golpean a sus padres o a otros si no se les complace de inmediato, en todo momento y sin tregua. Niños que sistemáticamente desconocen y se niegan a dar cabida al deseo de otros. Niños que luego llamamos tiranos.

Pero la responsabilidad es de nosotros los adultos que al no saber cómo pedir lo que esperamos, impedimos que el niño reconozca e interiorice los límites razonables así como su propia capacidad de cooperación, altruismo y reciprocidad. Según mi criterio, esto resulta nefasto para nuestro hijo a quien le saboteamos las habilidades para negociar, acordar y fluir en el entorno compartido con otros. Aclaremos que no hablo de adaptar a los niños a un orden social injusto con demandas desmedidas, pero tampoco se trata de saltar hacia el extremo de «desadaptarlos» del mundo donde necesariamente tienen que desarrollar habilidades de convivencia. Se trata de apostar por el equilibrio entre dar y recibir, ser flexibles y ser firmes. Como los equilibristas quienes oscilan a ratos hacia la derecha y luego hacia la izquierda, para sortear la gravedad y mantenerse caminando.

Comunicar al niño lo que sentimos sin menoscabar a la persona («me canso mucho cuando tengo que recoger todo el desorden en la sala» en lugar de «eres un desordenado»), enseñarles a reconocer nuestras necesidades y lo que esperamos de ellos (hemos jugado juntos toda la tarde, ahora mamá necesita concentrarse en hacer un informe de trabajo, luego podemos seguir jugando), impedir que dañe a otros o que irrespete el derecho de otros (no pegamos a los demás ni tomamos sus pertenencias sin permiso), y si es necesario hacerlo con firmeza pero al mismo tiempo con amabilidad, también constituye una faceta indispensable de la crianza respetuosa.

Aquí aprovecho para insistir en que actuar con firmeza cuando es necesario, no significa usar la violencia. Aunque nadie nos enseñó cómo hacerlo, a pesar de que no tengamos referentes, podemos aprender a ser firmes y al mismo tiempo amables. Tal vez para comprenderlo y llevarlo a la práctica de un modo equilibrado, genuino y sostenible, necesitemos primero revisar nuestras propias historias infantiles afectadas por los estragos de la crianza coercitiva, que ahora desde el rol de padres, reeditamos inconscientemente situándonos en los extremos de la culpa, el miedo y la sumisión o del autoritarismo, la ira y la imposición. Organizados así, indefectiblemente habrá caldo de cultivo para que surja un abusador y un abusado. Y esto no es lo que queremos para nuestros hijos.

 



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