Orgullo

s. m. Autoestima. Satisfacción personal que se experimenta por algo propio o relativo a uno mismo, que se considera valioso.

Si no era el lunes, no pasaba del martes, otra vez Méndez me había llamado “portu” en clase.

Regresé molesto del colegio a casa de mi abuela, que por vivir cerca, se había vuelto mi casa. La mochila cayó pateada cerca del sofá y enfilé a la cocina mientras creyones y lápices rodaban por el suelo. El fogón nunca tenía malas noticias, otra vez me esperaba comida deliciosa que aún extraño. Mi gordita sacaba de una bolsa de garbanzos (o granos de pico) uno oscuro, que no hacía juego con el resto y no merecía ir al remojo con el bacalao para el otro día.

Como no devolví el saludo, empezó a hablar sola:

– ¿Por qué se llamará grão-de-bico? Es un nombre bonito. Debe ser porque es un grano, y porque tiene un pico, pero no dice nada. Es como Fernando ahora. Aunque él habla cuando quiere, si uno espera.

En plan de víctima, le conté lo que pasó. Esperaba consuelo y empatía, pero sólo recibí risa, mezclada con un poco de regaño y lo que nunca faltaba, una explicación:

– ¿Por qué te molestas? Tú ciertamente eres portugués, y eso es bueno, oféndete cuando te digan que no lo eres. Ser portugués es parte de tu herencia, es tu orgullo. Ahora también eres venezolano, porque naciste en este país, pero primero fue sábado que domingo. Lo mismo si fueras español, árabe, italiano o de alguno de los tantos sitios que dejamos para venir aquí. Tienes que amar lo que somos, no puede ser de otra forma.

El resto de la tarde mi abuela me habló de Portugal, visto a través de la nostalgia por la vida que dejó. Me habló de sus juegos, de bordar hasta la madrugada a la luz de una vela, de la guerra y las tradiciones de un continente viejo, de un suelo que se ama porque es de uno, que se respeta y se defiende aunque estés lejos. Vi lágrimas al recordar su bandera, haciéndose pequeña en el puerto cuando partía. Esa tarde entendí, que además de sangre, recibimos de nuestros padres historia, por nuestras arterias corre arte, música, idioma y sabores. Aunque era un chico, pocas veces me he sentido tan grande.

Para que no se me olvidara la conversa, mi abuela buscó una lata de galletas vacía y puso en ella el garbanzo oscuro. Me dijo:

– Lo que aprendiste hoy es como este garbanzo. Es el primero en la lata, seguro habrá más, llénala como se llena tu entendimiento. Si algún día no caben más, es que ha sido mucho aprender, mucha escuela, y hay que olvidar algo, para hacer espacio a cosas nuevas.

Ese es mi garbanzo de Orgullo, el único que conservé luego de escribirlos. Si lo desean y lo recuerdo, les sigo contando de los otros, que son ahora mis significados. Desde aquel día, no importa lo que diga el diccionario, para mí, orgullo es ser portugués.

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