Padres 2.0

En días recientes disfrutaba unas cervezas con un grupo de amigos, y cuando la conversación giró hacia las relaciones familiares, uno de ellos comentó: Yo a mi padre le pedía permiso, ahora con mi hijo me toca negociar. Su observación resumió al pelo los cambios en el rol paterno que ha vivido mi generación. Porque de cierta manera, y con todas sus consecuencias, nos hemos convertido en padres con una figura y autoridad distinta al modelo que aprendimos.

Somos padres del siglo XXI, hombres que no solo enseñamos a nuestros hijos “como deben hacer las cosas”, sino que también dedicamos tiempo a conectar con ellos para tender puentes emocionales en doble vía.

Para fortuna de todos en casa las relaciones y jerarquías se han flexibilizado, creando un ambiente más democrático y participativo. Son cambios que nos permiten asumir mayores responsabilidades y crecer como seres humanos. En lugar de la autoridad conferida gracias al miedo, ahora buscamos ganar esa autoridad por vía de la comunicación para establecer límites y normas claras. Así el “porque lo digo yo” cede paso a el “porque es lo correcto y lo que corresponde hacer en este momento”.

Por supuesto, existen riesgos. Una autoridad mal entendida o inexistente puede llevar al caos. Sobre todo ante un adolescente rebelde.

Estoy convencido de que enseñarle a nuestros hijos las posibilidades y compromisos que implica el ejercicio de la libertad es la mejor lección que podemos darles. También, que en la media que seamos más abiertos con nuestros sentimientos, les estaremos dando un manual de vida que podría resultarles útil.

Para que esta fórmula surta efecto, lo maravilloso (y a la vez complicado) es que los papás debemos ser parte de la vida de nuestros hijos sin estorbarlos ni sobre protegerlos. Así establecemos una verdadera conexión, que no es exactamente “ser su amigo”, sino un apoyo, una guía y una persona que enseñe con el ejemplo. Todo esto con los oídos y el corazón abiertos.

Y durante ese tiempo que compartimos juntos, cuando les decimos y hacemos sentir cuánto los queremos, se nos abre la oportunidad de mostrarles cómo manejamos nuestras otras emociones y sentimientos. Así, al conectar con ellos y revelarles toda nuestra dimensión humana, podemos compartir los aprendizajes que hemos tenido en este proceso que llamamos vivir.

Con una ventaja adicional: podremos descubrir que estos pequeños maestros traen a su vez muchas lecciones que enseñarnos.



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