s. f. Certeza, impalpable pero real, de bienestar físico, emocional y spiritual.

León nos daba la bienvenida, con sus cielos abiertos antes de Cristo y sus plazas amplias. Yo esperaba ver la piedra de la guerra: la invasión musulmana, de comunidades, la civil, una dictadura y más. Pero como el camino tiene un propósito propio, lo que encontré fue paz, las historias del Cristo de marfil y a la Virgen del Dado.

La guía del camino recomendaba un gran albergue parroquial, al que debía tratar de llegar antes de las 4:00pm, hora en la que se llena con peregrinos que van a caballo y bicicleta, a los que no dejan registrarse antes. Los peregrinos a pie teníamos algunos privilegios.

Llegué cerca de las 3:00pm, registré y sellé mi pasaporte. El chico en el escritorio me dio la bienvenida y me preguntó si necesitaba lavandería. Era un buen momento para lavar todo, lo que no estaba sucio estaba mojado. En lugar de saber dónde había una lavadora, dejé todo a una monja, que con una sonrisa me dijo:

– Yo me encargo de todo, lleva el resto de tus cosas a tu cama y ve a conocer la ciudad, cuando regreses todo estará en orden. Te toca la litera 23, la cama de arriba. Guarda esta cinta para saber que estás con nosotros, debes llevarla para que abran la puerta  si regresas tarde al albergue, aunque preferimos que descanses temprano, quedan muchos kilómetros hasta Santiago.

Amable pero disciplinada, como mi tía Beatriz, cultura de monja. Con una bolsa de ropa sucia en una mano, y la cinta en la otra, me escoltó a mi litera. Al llegar, colgó la cinta en la cama superior, me deseó un buen descanso y siguió al fondo de la habitación. En la parte baja de la fila 24 había un señor de unos 60 años, que leía un libro muy pequeño. Al verme, detuvo su lectura y me dijo:

– Te esperé por una hora, tengo hambre, pero tenía que esperar a que llegaras.

Ahí conocí a Milton, un budista brasilero, que decidió hacer el camino desde León hasta Santiago. Preocupado porque alguien le entendiera, meditó un rato y le dijeron que esperara por un peregrino que hablaba portugués, de cabello negro, estatura baja y al que las monjas iban a asignar la parte superior de la cama contigua. Con mi cara escéptica de costumbre ante este tipo de comunicación inalámbrica, le hice notar que debía tener algo de interferencia, porque yo no era precisamente bajito. En su meditación, su grupo de camino era de pocas personas, entre las que estaba una chica que íbamos a conocer en el próximo albergue, cuyo sueño debía proteger. No pregunté de quién o qué.

Le acompañé a dar una vuelta por la ciudad y a almorzar. Como no tenía claro si el budismo era una religión o una filosofía de vida, hice pocas preguntas, para no ofender por accidente. Por lo que entendí, él simplemente seguía unos métodos e ideas, que lo ayudaban a liberarse del odio, la codicia y la ignorancia, aprovechando al máximo su vida. Tenía una conversación demasiado interesante, especialmente para alguien de su edad.

Regresamos al albergue temprano. Mi ropa estaba limpia, seca y doblada en mi cama. Por un momento pensé que si tuvieran comida, sería un buen lugar para quedarse un par de años. El sueño llegó rápido, el cansancio pasaba factura. Estaba en un sueño profundo, cuando se encendieron unas luces pequeñas y tenues en el piso. Dos hombres con pequeñas campanas en las manos nos despertaban. En voz baja decían:

– Las hermanas los invitan a su última hora de meditación. Es un privilegio que pocas veces se otorga y que debéis aprovechar.

Caminamos medio dormidos por pasillos y escaleras. Debimos haber bajado un par de niveles. Por mi cabeza pasaban algunas ideas: Esto puede ser una secta, o más bien unos traficantes de órganos disfrazados de monjas, espero que no piensen vender los pies, porque todos los peregrinos los llevamos como los de Frodo.

Llegamos entre las sombras a la nave central de una iglesia, la cúpula embelesaba. Sentados en un palco vimos a tres filas de monjas, de diez a quince por fila. Cantaban en sincronía una poesía, repetida sin parar, como si fuera un mantra:

      Como el niño que no sabe dormirse, sin cogerse a la mano de su madre,

así mi corazón viene a ponerse, sobre tus manos al caer la tarde.

Como el niño que sabe que alguien vela, su sueño de inocencia y esperanza,

así descansará mi alma segura, sabiendo que eres tú quien nos aguarda.

Tú endulzarás mi última amargura, tú aliviarás el último cansancio,

tú cuidarás los sueños de la noche, tú borrarás las huellas de mi llanto.

Tú nos darás mañana nuevamente, la antorcha de la luz y la alegría,

y, por las horas que te traigo muertas, tú me darás una mañana viva.

Mientras cantaban, balanceaban su cuerpo hacia adelante y hacia atrás, girando al ritmo del último párrafo. Muy suave, muchas veces. Sin darnos cuenta, los observadores nos habíamos aprendido la letra, y muchos hacíamos amague de movernos. Un movimiento tentador, que el sueño no dejaba inhibir, sólo había que seguir el ritmo. Milton era de los pocos que no se movía, sólo miraba complacido. Entonces me dijo:

– Nunca había visto dentro de un grupo, tanta gente en paz.

Le pedí explicación, ¿cómo reconocía a las monjas que tenían paz? ¿Por qué no todas? A fin de cuenta hacían lo mismo en el mismo lugar. Esto es algo de lo que recuerdo:

– Mira sus caras. Dime, ¿en cuáles ves armonía? ¿cuáles no han notado que estamos aquí? Entregadas al gozo del momento. Cabezas tranquilas en medio de cabezas perdidas. No hay apego a lo material o lo social, aunque alimenten su cuerpo, porque están en equilibrio. Bendecirán con amor un nuevo día, si está en su destino vivirlo. Son conscientes de la belleza y la fealdad, de la juventud y la vejez, de la enfermedad y la salud, no son felices por ignorancia. Se han encontrado con su futuro y lo están disfrutando, sin necesidad de apoyarse en otro. Sé que no es fácil de explicar, pero si quieres reconocer la paz interior, busca los rostros donde no hay deuda.

¿Deuda? Necesitaba más explicación, esto no debía referir a deber dinero. Él continuaba:

– La deuda son los compromisos que atender, las tareas por cumplir, los favores por devolver, las cosas por decir, que no te dejan vivir a plenitud el ahora. No estás en paz si sales a protestar, si tienes quejas o demandas, si tienes una lista de pendientes. No te esfuerces demasiado en saber si la has alcanzado, porque el que tiene paz la mayoría de las veces no la reconoce, sólo la disfruta.

Contrario a la recomendación, empecé mi camino del siguiente día pensando, ¿había alcanzado alguna vez esa paz?, ¿la alcanzaba él en sus meditaciones o sólo tenía clara la meta?, ¿contarán los orgasmos? Imagino que no, por lo de no apoyarse en otra persona, y por mi interminable lista de pendientes, en la que había agregado: ayudar a la chica del próximo albergue con su sueño.



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