Pelo a pelo

Pelo a pelo

Por años he practicado el desapego como una vía de crecimiento espiritual y para ello jamás pensé que la calvicie podría resultarme tan útil. De un tiempo para acá no pienso en la caída del cabello, sino en la manera cómo lo he dejado caer: de forma natural, aceptando que me abandone, sin aferrarme a la melena que una vez tuve. Porque la tuve. En YouTube hay evidencias de mi ridículo peinado a finales de los 80, cuando la moda era ridícula a todas luces, solo que en ese entonces no lo sabíamos. La sufríamos.

Vivimos en un mundo donde resulta sencillo ser lo que no somos. Piense solamente en la oferta para el cuerpo: implantes mamarios, injertos de cabello, liposucciones, alargamiento del pene, usted pida y pague que inmediatamente lo tendrá. Pero tras la obsesión por el look se esconde algo más profundo y doloroso: la incapacidad de aceptar la realidad, el paso del tiempo y la impermanencia de las cosas. Todo surge y desaparece. Como la pelusita de cabello que tuve de bebé, y que tras años de robustez y abundancia, se fue por el desagüe de la bañera.

Uno de los malentendidos más comunes es confundir nuestro cuerpo con lo que somos. Por ello resulta tan fácil vendernos la idea de que basta intervenir un par de cosillas para que seamos mejores, e incluso, más felices. Siempre me gustó esa canción de Aterciopelados que decía “el cuerpo es solo un estuche/y los ojos las ventanas/de nuestra alma aprisionada”. Ahora entiendo que una manera de liberar esa alma es dejando ir las cosas, los sentimientos, y por qué no, también el cabello.

Puede que si has seguido hasta aquí mi descabellada columna estés pensando que esto es un ejercicio de racionalización. Los psicólogos hablan de racionalizar como el proceso mental que explica y nos defiende ante nuestras acciones. Pero a donde apunto es hacia algo menos racional y más bien vivencial. Una de esas cosas que hay que experimentar para comprenderlas realmente.

En Yoga hay dos conceptos hermanados: Abhyasa, la práctica, y Vairagya, la renuncia. Para lo que me ha servido la práctica de dejarme caer el pelo ha sido para renunciar al pasado, a las cosas superfluas y a la esclavitud de la imagen que proyectamos hacia los demás. De alguna forma, algo tan simple y cotidiano, que observo día tras día en el espejo, me ha permitido vivir con más comodidad en el presente. 



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