Perdonar una y otra vez ¿es sano?

El otro día recibimos un correo electrónico muy interesante por parte de un lector que nos planteaba una pregunta relacionada con el desarrollo efectivo del proceso del perdón. El lector tenía la inquietud de que desarrolláramos un poco el tema en lo que se refería a si el ofensor es recurrente en su ofensa. ¿Perdonamos indefinidamente o eso sería enfermizo?

Esta pregunta nos abre el camino para revisar y explorar no sólo el concepto del perdón y el proceso, sino también nos abre la puerta para explorar el concepto de autoestima. Comencemos por el perdón y proceso.

Para que el proceso del perdón sea efectivo debemos reconocer los resentimientos y amarguras que sentimos hacia las personas que nos han tratado injustamente y posiblemente de una manera cruel en algunas oportunidades. Esto quiere decir que debemos reconocer las injusticias y crueldades tal y como son. Lamentablemente este reconocimiento es muy doloroso y muchas veces buscamos la manera de evadir este dolor minimizando, reprimiendo o inclusive negando las injusticias y crueldades. Estos comportamientos de minimización, represión o negación van en contra de nuestro derecho a ser tratados con respeto por parte de TODOS aquellos con quienes nos relacionamos y nos resta el valor que debemos darnos como seres humanos.  Perdonar requiere que reconozcamos que hemos sido maltratados, por más doloroso que sea, y tomar las medidas necesarias para que no siga ocurriendo.

Es posible que usemos los comportamientos de minimización, represión o negación no sólo como mecanismos de defensa, sino como también una manera de no afrontar y confrontar al ofensor. Por miedo a confrontar al ofensor condonamos la ofensa y aceptamos el abuso sufriendo en silencio. Este miedo puede estar ligado directamente al miedo que nos genera el simple hecho de pensar que si reconocemos el abuso tenemos que tomar decisiones, poner límites o hacer cambios. Esto es muy común en relaciones abusivas en las que la víctima se convence de que es merecedor del abuso y así no toma la decisión de denunciar al abusador por miedo a la represaría, rechazo, o abandono.

Cae en nosotros la responsabilidad de cuidarnos y darnos a respetar y esto puede implicar poner límites o apartarnos (dependiendo del contexto) para evitar el abuso. Es muy posible que el miedo nos impida hacerlo por temor a quedarnos solos y creernos que no somos capaces de vivir sin el otro.

Debemos darnos nuestro valor como seres humanos y reclamar el derecho que tenemos de ser tratados con respeto. Nadie, absolutamente nadie, tiene el derecho de tratarnos injustamente, abusar de nosotros, o tratarnos cruelmente. Es aquí donde entra la autoestima. Es nuestra responsabilidad el valorarnos y validarnos, de darnos cuenta que tenemos derechos y responsabilidades, y que si no sabemos cómo, buscar los recursos y medios que nos ayuden a lograr darle valor a nuestra existencia.

Cualquiera que sea el caso es muy importante no hacer este proceso solo. El reconocer nuestras limitaciones y buscar ayuda, inclusive profesional, no es una debilidad; es el camino más corto a la felicidad y libertad que todo tenemos derecho.



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