Peregrinar por el camino de la transformación

Llevo muchos meses sin escribir. Una temporada que por circunstancias personales me he encontrado inmersa en un proceso, como definiría el editor general de Inspirulina, Eli Bravo, de metamorfosis; palabra que Real Academia Española define como la “transformación de algo a otra cosa” pero que en la praxis, léase dentro del orden de la naturaleza, como en el marco del comportamiento humano, es todavía más compleja que su definición, por la sola acción que implica la palabra “transformación”.

En la amplia familia humana como diría Mafalda, todos en algún momento de nuestras vidas queremos cambiar algo, “transformarnos”. Y no me refiero a esos atajos como modificar el aspecto físico a golpe de bisturí, o esa “revelación” inspiradora dada por el libro o el gurú de moda.

Hablo de la parte difícil y menos expuesta de lo que implica la transformación en sí: la de la conciencia del cambio.

¿Qué significa esto? Pues que debemos enfrentarnos al espejo de la verdad como el de Blancanieves, y hacernos las siguientes preguntas ¿qué nos mueve a cambiar? ¿por qué buscamos ese cambio? ¿deseas sinceramente corregir algo en ti que te obstruye el camino? o ¿se trata de un simple impulso?

Si contestaste afirmativamente la última pregunta, no sigas leyendo. Si hallaste las respuestas en lo más profundo de tu conciencia, tienes que pasar el filtro con otro interrogante: ¿estás dispuesta/o a romper con tus paradigmas? (acá entramos en la parte Difícil, y con mayúsculas).

La pregunta es la base que impulsa el motor de la transformación verdadera, ya que nos obliga a cuestionarnos y a replantearnos nuestros conceptos, ideas y visiones, no sólo de todo aquello que nos rodea (esto es “fácil”), sino de nosotros mismos.

¿Estamos dispuestos a rebelarnos contra nuestros paradigmas personales y contra nuestro ego, con tal de erradicar esa sensación de frustración interna que nos impide avanzar y alcanzar nuestros objetivos reales? Aquí yace el meollo de la cuestión: en si somos o no realmente disruptivos.

Por eso la transformación no es sólo ese trayecto de revelación y autodescubrimiento que tanto se describe. Tiene otra cara, la de la disciplina para afrontar los desafíos que el cambio te va poniendo en el camino y de ejercitar este nuevo estado de conciencia, que cuando empieza no para.

Si bien las metamorfosis son hermosas, no son fáciles. Cuando escuchamos historias de éxito nos limitamos sólo a captar la parte final. La feliz, la inspiradora, en donde comenzamos a soñar con la medalla de la autorrealización y no nos detenemos a analizar el proceso que implica llegar a tenerla.

La transformación es en realidad el proceso, no la meta como se cree. ¿Qué mejor ejemplo que el Camino de Santiago?

Al principio, el objetivo de los peregrinos es llegar a la Catedral de Santiago de Compostela a pie o en bicicleta y que le den un diploma de la hazaña. Sin embargo, quienes lo han hecho desde el principio hasta el final, reconocen que llegar al sepulcro del apóstol no fue tan emocionante como el trayecto en sí. ¿Por qué? porque la verdadera experiencia espiritual para ellos, son esos kilómetros previos al lugar de destino, que con mochila en mano y zapatos de senderismo, recorrieron de Francia a España, junto a personas de todas partes del mundo, dejando tópicos y prejuicios en un camino que para muchos es una metáfora de la vida.

Así que si eres lo suficientemente disruptivo para peregrinar por el camino de la transformación, viste cómodo y ve ligero de equipaje, porque el viaje es tan largo como fascinante.



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