Permitirse sentir

Vale la pena observar y cuestionarse, porqué nos cuesta tanto aceptar las emociones propias y de los demás. Porqué las descalificamos valorándolas como expresiones de debilidad del carácter, porqué las desnaturalizamos y las reprimimos…

Vivimos en una civilización marcada por la influencia cartesiana: “pienso luego existo”. Aún cuando razón y emoción forman parte de nuestro funcionamiento psíquico, la norma de nuestra civilización es censurar las emociones e  imponer intelecto. Los progenitores están mucho más pendientes de estimular las capacidades cognitivas que psicoafectivas de los niños, creyendo por ejemplo, que mandándolos al preescolar desde los 2 años, van a aprender cosas importantes y a desarrollarse mejor. Sin embargo la neuropsicología está demostrando el enorme peso de las emociones sobre la razón.

Las emociones aparecen con la vida y maduran a lo largo del desarrollo de los seres humanos. Un niño pequeño, por ejemplo, respondiendo a la característica de su momento evolutivo puede tener mucha rabia y al segundo siguiente estar alegre, porque vive en el presente, sin noción de ayer o mañana. Un adulto, en cambio, puede experimentar las emociones  desde la perspectiva que le permite  la conciencia del antes y el después, y manifestarlas a partir de  recursos propios de la madurez.

Hay emociones menos toleradas que otras. La rabia, por ejemplo, es una de las emociones menos aceptadas socialmente. Sin embargo tiene la función de protegernos contra agresiones o daños. La desnaturalización de esta emoción se observa  cuando inhibimos, reprimimos o ignoramos a un niño o adolescente que expresa  disconformidad, transmitiéndole así el mensaje de que no tiene derecho a sentirse molesto.  Es decir, cualquiera puede abusar de ti, y te tienes que callar.

El miedo es una emoción que cumple con la función evolutiva de auto-protección, con lo cual permite nuestra sobrevivencia como especie. Algo que hacemos habitualmente frente al miedo de un niño, es banalizarlo. Si la criatura pasa miedo y angustia de noche en su habitación, se le deja reventando en llanto para que “aprenda a dormir solo”. Si nos pide que le acompañemos al baño de noche, le contestamos que ya es grande y puede hacerlo solo. Si le tiene miedo a la piscina o al mar, la conseja popular nos dice que lo obliguemos a entrar al agua… una y otra vez ignorando y reprimiendo el miedo, terminamos por engendrar improntas que luego se traducen en patologías como fobias, entre otras.

Otra emoción frecuentemente censurada es la tristeza cuya función es hacernos conscientes de las perdidas, para elaborarlas y superarlas. Pero a los niños,  les pedimos que no estén tristes o  le ofrecemos dulces, juguetes, etc., para distraerlos, inhibiendo así las manifestaciones de tristeza, en lugar de apoyarlos empatizando y mostrándonos disponibles durante el proceso en que necesiten exteriorizar  dicha emoción, abriendo la oportunidad de contactar y hacerse conscientes de ella, aceptarla y elaborarla.

La alegría y el placer son el motor de la vida. A menudo las manifestaciones de alegría  tienden a ser reprimidas con llamados a mantener la compostura. Ni hablar cuando hablamos de placer, y más aún cuando éste es de  índole sexual, algo por demás natural, que forma parte de los mismos orígenes de nuestra vida: todos provenimos de dos células sexuales que a su vez se multiplicaron en miles de millones de células constituyendo este cuerpo que ahora somos, pero rechazamos lo sexual que hay en nosotros como si se tratara de algo pecaminoso.

Se nos entrena para bloquear las emociones, para no escucharlas, para juzgar lo que sentimos. Es así como al aislarnos de ellas, acabamos alejados de nuestros sí mismo, perdiendo la brújula interior y con un margen muy estrecho de libertad para tomar decisiones conscientes respecto a todo lo que nos atañe en la vida y en nuestras relaciones.

Negamos nuestra energía de vida al reprimir las emociones y censurar sus expresiones. Pero al negarnos el contacto consciente con ellas no las hacemos desaparecer. Seguirán allí, desplazadas, en el sótano oculto del inconsciente, acumulándose en el cuerpo y listas para salir en cualquier momento, multiplicadas y empeoradas. Tanto “cállate, eso no se hace, no se dice, no se toca”, ha  pervertido nuestra capacidad de autoconocimiento, de relacionarnos desde nuestro centro, desde lo que realmente somos y sentimos.

¿Qué hacer frente a esta situación que causa severas interferencias en nuestro propio desarrollo y en el de los niños a nuestro cargo? Comenzar por aceptar que no existen emociones buenas o malas. Todas son inherentes a nuestra naturaleza humana. Todas tienen una razón de ser y responden  a una necesidad. Lo  importante sobre las emociones es aprender a reconocerlas, aceptarlas, y hacernos responsables de todo lo que sentimos y de cómo lo expresamos,  sin dañarnos ni dañar a los demás.

Somos tricerebrados. Tenemos un cerebro reptil que regula el impulso primitivo, básico; un cerebro mamífero que regula las emociones, los deseos;  y tenemos un  cerebro humano o neo córtex que regula el desarrollo social, la razón. O aprendemos a integrarlos o viviremos escindidos. Además de la razón y de la socialización,  los seres humanos también nos regulamos a través del instinto/impulso y de la emoción. Creo que el reto mayor para la humanidad es encontrar el equilibrio, la medida justa entre los dictámenes de la naturaleza y los de la civilización.  Pienso, además, que se trata de uno de los mayores desafíos de la crianza. Bondad de ajuste, que le llaman…



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