Piratería orgánica

Una encuesta de Thomson Reuters-NPR Health Poll reveló la semana pasada que cuando se trata de elegir, la mayoría de estadounidenses están dispuestos a gastar un poco más de dinero en su comida y optar por alimentos orgánicos. El 58% de los consultados así lo aseguran, pero los números se disparan entre personas menores de 35 años, donde la preferencia llega al 63%, y egresados universitarios, donde el 64% mira de lejos los organismos genéticamente modificados (OGM).  La principal razón para hacerlo es política –apoyar la pequeña producción–, pero no faltan quienes siguen convencidos de que es una apuesta por la salud. Entre los mitos y las realidades el mercado crece, no hay duda, y mientras 13 millones de personas enfrentan una de las peores crisis alimentarias de la década, China apunta su habilidad comercial a ese 58% de estadounidenses. La piratería también sabe de comida.

En 2007 unos 2.300 productores orgánicos chinos independientes vendieron casi 1.000 millones de dólares, pero los mercados europeos y norteamericanos exigieron mayor organización al gigante asiático y el mes pasado la China Organic Food Certification Center (COFCC) cerró su primer año de trabajo con 1.472 compañías suscritas, que deben cumplir con ciertos criterios para ver sus productos etiquetados. La iniciativa ha sido insuficiente, pues los estándares de los grandes mercados occidentales son más estrictos y durante los últimos dos años grandes cantidades de hongos shitake, jengibre y gingseng han sido vetadas en las aduanas. ¿La razón? Estafas y pesticidas.

En 2010 una organización como la COFCC tejió una complicada maraña que incluía sobornos y contratos clandestinos para que inspectores certificaran cientos de granjas chinas como orgánicas a pesar de no cumplir con los requisitos. Los alimentos viajaron durante meses con el sello USDA –que en Estados Unidos regula los contenidos de OMG– y apenas hacia finales de ese año el Departamento de Agricultura del país cayó en cuenta y rompió relaciones. Desde entonces todo ha sido más complicado para los chinos, quienes llegaron a comercializar 30 marcas en Whole Foods y hoy en día apenas llegan a dos.

Una de las grandes tragedias está en el condado de Zhongning, el principal productor de bayas goji alrededor del mundo. Las goji son muy buscadas por sus propiedades curativas y Estados Unidos y Europa exigen que no haya rastros de pesticidas para poder considerarlas orgánicas. Los exámenes se han vuelto más rigurosos desde el engaño de 2010 y ahora una región que ingresa 230 millones dólares anuales por ventas de goji ve su economía en la cuerda floja. El rigor no ha hecho sino aumentar las sospechas, pues parece que sólo una de cada 15 hectáreas certificadas como orgánicas cumplen realmente con los requisitos. Las 14 restantes dejan residuos de todo tipo que incluyen tintes para dar un mejor color al producto.

¿Y por qué no cerrarse al mercado interno, cuantitativamente mayor que el estadounidense y europeo juntos? En ese sector China sólo puede contar con la exportación, pues a nivel local los alimentos orgánicos son consumidos por personas vinculadas al gobierno y a los principales grupos económicos. Taras del comunismo.

 



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