¿Por qué duermo con mi bebé?

¿Por qué duermo con mi bebé?

Les propongo un negocio que no podrán rechazar y que fortalecerá la inteligencia emocional de toda la familia y les ayudará a superar de muchos escollos durante la crianza temprana: la habitación conjunta o colecho.

Desde hace relativamente poco tiempo (siglo XX), nos separan de nuestros bebés apenas nace, bajo pretendidas indicaciones clínicas que la Organización Mundial de la Salud ya ha determinado como improcedentes. Posteriormente, “reconocidos expertos” (y en estos tiempos parece ser que todos lo son) indican que debe dejarse a un recién nacido solo en su cuna aunque llore y no sepa de qué se trata esto que llamamos “mundo”, contraviniendo toda amorosa intuición de un padre y una madre.

Como resultado, todos nos creemos que la independencia se forja en la soledad de una cuna inmensa y un cuarto vacío, que la valentía nace cuando entendemos que no habrá ninguna mano amiga o confort si lloramos y gritamos.

Atrevernos a dar el paso hacia el colecho, parece entonces un acto de rebeldía, o mejor, de locura. Y es que escuchamos constantemente “no les des tanto brazo” o “se te va a salir de la cama cuando cumpla 18”, o peor “enséñale a no depender de ti”. Si no somos responsables de la seguridad y contención emocional de nuestro bebé ¿para qué somos papás/mamás?

Por supuesto, podemos citar “reconocidos expertos” que abogan por el colecho, como Carlos González o Rosa Jové, pero como los libros no entran a la cama de tres o cuatro, prefiero escribir junto a mi esposo por qué nos resultó el colecho. Lo practicamos hasta los 2 años de nuestra hija, más o menos, al cabo de los cuales un buen día dijo “me voy a mi cama, allá es mejor”. Hoy, con 4 años, eventualmente, si ella quiere dormirse en la cama, “nos” lo permitimos. ¿Por qué?

  1. Por afectividad, consentimiento y ternura. Ver a nuestra bebé tan pequeña nos hacía (hace) morir de amor, no queríamos separarnos ni un instante de ella. Pero además, no le abandonamos durante esas primeras noches en este amplio planeta, que aún sigue generando incertidumbre en sus imperfectos habitantes cuando se “vuelven” adultos.
  2. Por promover la lactancia y el apego precoz. Después de mi cesárea humanizada, estuvo en mi pecho antes de la primera hora de nacida, reconoció nuestros olores en la habitación conjunta de la clínica y supo desde allí cuál era su clan.
  3. Por aumentar la leche y facilitar el amamantamiento. La prolactina se sintetiza durante la noche, por lo tanto, quien quiera litros de leche en sus pechos, debe asegurarse de amamantar de noche. Además, la nena se prendía de la teta y yo apenas me daba cuenta, mi esposo nunca supo lo que eran las ojeras por preparar teteros en la madrugada, y lo mejor, yo tampoco.
  4. Para sincronizar nuestras noches. Sobre todo cuando son tan pequeños, el sueño invertido suele ser difícil de sobrellevar por los padres; poco a poco la respiración, la calma y las extensiones del sueño son aprendidas por nuestros bebés al ver cómo lo practicamos.
  5. Por seguridad. Como Gutman, no creo en la muerte súbita del lactante, sino en el poco apego y bajo nivel de intuición/conocimiento sobre los ritmos de nuestro bebé que esto provoca. Al dormir juntos y sincronizar una serie de hábitos, reconocemos qué pasa, cuándo algo puede significar una anomalía y actuar rápida y efectivamente.
  6. Por afectividad (otra vez). Cuando estamos en el trabajo tantas horas como exige el mundo actual, separarnos de nuestra cría genera una gran culpabilidad y vacío, que el colecho ayuda a relajar.

Necesitamos organicidad plena en el hogar, la crianza y la educación que permita llevar nuestro crecimiento como familia. Dentro de ella, el colecho es un primer gran paso, pero no el único, advierto. Y también sugiero, antes de poner en práctica la habitación conjunta, que consulte al experto: usted, consulte su intuición, revise sus estereotipos, sus miedos y carencias. Las respuestas que encuentre seguramente le harán retar los automatismos de una crianza deshumanizada.



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