Por qué meditar en la comodidad del cuarto no alcanza

Por qué meditar en la comodidad del cuarto no alcanza

Cuando comenzamos a indagar en el fenómeno mindfulness en el Instituto de Neurología Cognitiva (Ineco), hace casi 10 años atrás, pensamos en incluir el estudio de sus efectos a través de un paradigma que nuestro laboratorio experimental utilizaba y aún utiliza y que consiste en observar cambios en la capacidad de autopercibir el ritmo cardíaco en las personas. Este paradigma se llama “heartbeat detection” (detección del ritmo cardíaco) y ha permitido al laboratorio realizar múltiples publicaciones en revistas prestigiosas sobre las diferencias que puede existir en la utilización de esa “habilidad” en distintos sujetos estudiados.

Nuestra hipótesis era la siguiente: una persona que hace un programa de mindfulness estimula la interocepción (capacidad de sentir su propio cuerpo) de una manera importante durante las ocho semanas que dura el programa, más que una persona que no hace nada especial al respecto. La persona que hace mindfulness pertenece al grupo experimental, porque está recibiendo una intervención que implica practicar en su hogar los audios atendiendo a sus sensaciones corporales (en las primeras semanas especialmente), mientras que la persona que no cambia nada y hace su vida normal es un sujeto control, que nos sirve para comparar. Esto significaría que el practicante de mindfulness podría reconocer mejor su ritmo cardíaco cuando intenta registrarlo.

Nuestra sorpresa fue el observar que eso no ocurría así. Sí, en algunos casos aumentaba esa interocepción cardíaca en personas que practicaban mindfulness y en controles no, pero era tan ínfima la diferencia que no llegaba a ser estadísticamente significativa.

Durante un tiempo nos preguntamos si el problema era el método utilizado (hay métodos que no son sensibles a los cambios que esperamos encontrar en las personas). Hoy, luego de intercambiar con otros investigadores que reportaron lo mismo (como el mismísimo Richard Davidson), sabemos que el programa no modifica la conciencia y detección del ritmo cardíaco. El mismísimo Matthieu Ricard me desafió personalmente hace unos años: «¿Por qué habría de modificar eso el mindfulness sino practicamos directamente el “sentir el corazón”?. Quizás sí abre la interocepción y nos ayuda a comenzar una nueva relación con nuestro cuerpo, pero no es sino con la continuidad de la práctica que se encuentran cambios más contundentes.

La pregunta es: ¿puede pasar algo similar con otros efectos del mindfulness? ¿puede que asumamos que mejora algunas cosas que en la realidad no mejora?

Parar, detenerse y observar…e interactuar con otros

Este es casi el principio más fuerte del mindfulness. Resume, de manera concreta y clara, lo que entrenamos: capacidad de poder bajar un cambio, de serenarnos internamente y cultivar la paciencia para, finalmente, poder observar con curiosidad e indagación activa la realidad.

Pero este postulado debería incorporar lo que agregué yo después de los puntos suspensivos: la práctica relacional del mindfulness. El poner a prueba el potencial acumulado en interacciones controladas inicialmente, y en la vida diaria después.

Esto lo he podido confirmar en el entrenamiento de no pocos alumnos: se sienten más calmos, más pacientes, más observadores de su contexto mientras están en su espacio de seguridad meditativo, pero hacen agua cuando tienen que cambiar en la vida cotidiana. Es como si el trasladar los beneficios de acumulación de potencial en el cerebro del meditador (con los consabidos cambios que los métodos de imágenes nos muestran) no fuera tan directo y contundente. Como si fuera necesaria alguna ayuda más específica para alcanzar ese propósito. Como si sus pensamientos, emociones y conductas no variaran de manera significativa si no los ayudamos.

Entrenarte en la sala meditativa, sea ésta tu cuarto, la Sangha (grupo de práctica meditativo) o la naturaleza, no alcanza siempre para pasar un cierto nivel de cambio. Sí, la piedra basal, los cimientos del gran cambio tienen que ver con comenzar a practicar así, sin dudas, pero para que florezca con fuerza tiene que haber algo más.

Otro ejemplo: la neurocientífica alemana Tania Singer estudió los efectos del mindfulness en lo que hace a habilidades compasivas, y encontró que son escasas al lado de un programa de compasión que explícitamente enseña a los practicantes a ser compasivos. O sea, contrariamente a lo que pensábamos, el mindfulness no nos brinda directamente habilidades compasivas. Quizás sólo con una práctica más profunda y larga eso ocurra.

En las neurociencias, se utiliza lo que llamamos “pruebas ecológicas” para medir algunas habilidades de las personas. Consiste en llevarlas fuera del laboratorio y ponerlas en contexto, para así comprobar si en ese espacio revelan potencial real de lo que evaluamos. Se asume que en un espacio de seguridad, protección y control como el laboratorio todo puede ser más fácil. Una persona que revela paciencia, tranquilidad y asertividad en el laboratorio puede mostrarse dubitativo e inseguro en un contexto grupal por ejemplo. Puede que tenga rasgos de ansiedad social, por ejemplo.

¿Algo así deberíamos pensar para el mindfulness? ¿En “ubicar” a las personas en situaciones contextuales en los espacios habituales donde viven?

¿Coachear la Atención Plena en el colectivo y en el banco?

¿Quizás debamos como instructores subir al colectivo con nuestro alumno para observarlo desenvolverse frente al chofer que lo maltrata y susurrarle: “Tranquilo, responde con tono suave y ritmo pausado, sin reaccionar”? ¿Quizás debamos entrar al banco con él y, mientras hacemos la larga cola de espera, ayudarlo a practicar una respiración consciente y una atención a las tensiones del cuerpo? ¿Sería recomendable que nos reunamos con la familia del practicante para que nos actualice sobre su estado y comportamiento y observar si existe coherencia entre lo que declara en la clase y lo que realmente hace?

No parece algo posible ni recomendable. Pero sí pensar en entrenar a la persona, de alguna forma y en las sesiones, en las habilidades “sociales“ que suponen estos cambios más observables.

La neurociencia social nos habla de esas habilidades. ¿Qué nos dice? Que las personas activan una serie de funciones cerebrales cuando están con otras personas y esas funciones son más complejas y determinadas por el contexto que una conducta simple en soledad. Practicar con otra persona un ejercicio de bondad amorosa, por ejemplo, es muy distinto a imaginar que lo estamos haciendo con alguien más. En este segundo caso pueden aparecer la empatía y la compasión, pero seguramente no tienen la misma fuerza que tiene la empatía y la compasión con un ser humano de carne y hueso frente a nosotros.

Practicar con otros: el mindfulness relacional

Por lo tanto tenemos que comenzar a hacer algunos cambios en la manera en que enseñamos el mindfulness. Tenemos que ser creativos y pasar a “enlazar” nuestros cerebros con los de otros. “Neurobiología interpersonal” le llama Daniel Siegel, pero lo curioso es que no propone ejercicios específicos en vivo con otras personas para lograrlo. Como si hacerlo en la comodidad del cuarto alcanzara.

Tampoco alcanzan los registros semanales que las personas hacen motivados por nosotros los instructores. Tenemos que encontrar momentos y ejercicios que modelen, in situ y en el mismo momento que estamos compartiendo el aprendizaje, las conductas de los practicantes. La conciencia emergerá más fuerte, más auténtica.

Hacia esto apunta el mindfulness relacional, de reciente aparición. Sus ejercicios son similares a los que podemos ver en algunos programas de comunicación no violenta o de inteligencia emocional, donde se trabaja en díadas o pequeños grupos por ejemplo, y apuntan a despertar esa conciencia de interacción y a cómo modular la respuesta del otro cuando me llega. “Sentir al otro y sentirme sentido por el otro” , dice Siegel.

Imaginen el potencial que esto tiene en las organizaciones e instituciones como escuelas, u hospitales, por ejemplo. Inmenso.

En próximas columnas hablaremos de su práctica específicamente. De cualquier forma, mantengamos en mente esto: llevar la llama viva de la práctica al encuentro con un otro sensible, vulnerable y asimismo único y valioso, puede ser un paso inmenso para fraguar la atención plena en nuestras vidas.

Imagen de Irina Logra en Pixabay



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