¿Por qué nos gusta la música?

A ver ¿qué les parece a ustedes mis queridos lectores? ¿Por qué a la mayoría de los humanos nos gusta la música? (especialmente a algunos muchachos, que parece que nacieron con unos cables conectados en los oídos). Lo primero que pensé cuando me hice la pregunta fue: -bueno, a mí no me gustan todos los tipos de música-  pero igual vale la duda ¿por qué me gusta un tipo de música?

Para comenzar a responderla tuve que retroceder en el análisis y preguntarme primero ¿qué es realmente la música? ¿En qué se diferencia la música de los sonidos en general? Si buscamos en la Red la definición de música (googleamos, como se dice ahora), nos damos cuenta que no es un concepto sencillo y que hay múltiples definiciones. Tomemos por ejemplo el de la Universidad de Texas: Música es el arte de arreglar tonos en una secuencia ordenada para producir una composición unificada y continua(1). Edgard Varèse es más parco y dice simplemente que la música no es otra cosa que ruidos organizados. Jean-Jacques Nattiez añade como diferenciador, que la música es agradable y el ruido, en cambio, es desagradable.

Así pues, podemos quedarnos con el concepto de que la música es un conjunto de tonos y silencios, organizados y agradables al oído. Una vez definida, podemos volver al problema original, ¿cómo definimos ese “agradable al oído”? O podemos preguntarnos lo mismo de otra forma: ¿por qué los humanos inventamos la música? Y entonces nos encontramos con que no se sabe.

serenataUno de los más grandes científicos de todos los tiempos, Charles Darwin creía que la música la habíamos creado como una forma de atraer al sexo opuesto. Y no parecería demasiado alejado de la realidad, si recordamos cómo las serenatas siempre fueron una herramienta clave para la conquista de las damas.

Chris Loersch de la universidad de Colorado es un poco más amplio en su concepto y opina que la música apareció como un medio de unir a los humanos en comunidades. La idea es que la música influencia el ánimo y el comportamiento de mucha gente al mismo tiempo, ayudándolos a coordinarse como grupo. Como ejemplo nombra las marchas militares y cómo en los conciertos de música pop, mucha gente aplaude o gesticula al unísono.

Estudios neurológicos del cerebro muestran que la música estimula las mismas regiones que la comida, las drogas y el sexo. Dado que la comida y el sexo son esenciales para la sobrevivencia, se sugiere la idea de que la música pudiera jugar también un rol en la sobrevivencia como especie, pero ¿cómo?

En contra de esta teoría está el hecho de que la música es una cosa enteramente humana, si fuese un factor importante para la vida, se expresaría en muchas especies de animales. Así pues, por más que muchas personas juran que a sus perros les encanta Shakira, no es cierto. Por el contrario, los experimentos han demostrado que los tonos usuales de nuestra música son irreconocibles para ellos o aún peor, les son desagradables. Y no, tampoco es cierto que si le ponen música a las plantas, crecen más rápido.

En 1956 el filósofo Leonard Meyer postuló una teoría sencilla y al mismo tiempo inesperada: Nuestro gusto por la música es simplemente un asunto de expectativas. A ver, nuestro cerebro está constantemente haciendo  suposiciones acerca del futuro, interpretamos lo que vemos y oímos y a partir de allí suponemos un futuro inmediato.

Most-beautiful-animal-your-spot-11066944-1280-800Para dar un ejemplo, cuando vamos a cruzar una calle, miramos a un lado y al otro y en base a eso, decidimos si es seguro cruzar. Si de pronto algo extraño sucede: sale un carro de un sitio inesperado u oímos el ruido de una motocicleta, inmediatamente nos ponemos en alerta y retrocedemos. Esa es una reacción profundamente enraizada en nuestro cerebro. Los sonidos se saltan el cerebro lógico y van directos a los circuitos límbicos que controlan nuestras emociones, preparándonos para una emergencia.  En el pasado no podíamos darnos el lujo de ponernos a pensar si ese ruidito que suena en la maleza es de un ratón corriendo o el de un tigre que está a punto de saltarnos encima. Así pues, la música tiene un canal directo con las emociones. Así pues, cuando nuestro primitivo antecesor descubre que es sólo un ratón el que se mueve en la maleza, siente alivio.

El monótono compás de la música se presta perfectamente para crear expectativas y ver cómo se cumplen. Nuestro cerebro primitivo espera que el tambor que suena en la lejanía repique cada segundo y cuando lo hace, se siente bien. Pero igualmente, si al cabo de un tiempo, hay un cambio de ritmo o de intensidad… y lo podemos predecir ¡qué buena música!

Esa teoría podría ayudarnos también a entender porqué algunas composiciones no nos gustan: no siguen nuestras “normas”, aquellas a las que estamos acostumbrados, y por lo tanto, no podemos “predecir” la siguiente nota.

¿Qué les parece mis queridos amigos? ¿Sienten que esa sea una explicación valedera de porqué nos gusta la música? Todavía se hacen análisis y experimentos para averiguarlo, pero como siempre, aún las cosas más cotidianas y “evidentes” están por entenderse.



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