Por su culpa, por su culpa, por su gran culpa

“Era profundamente infeliz, pero no tenía una excusa válida para divorciarme”.

Ante mi asombradísimo “¿por qué?” respondió “me daba todo… carteras, ropa, los viajes más maravillosos que te imagines. Cuando le reclamaba, su respuesta era: ¡pero de qué hablas, si no les falta nada!”.

Dice que era, y sigue siendo, un buen papá. Según ella –y otra divorciada que escuchaba la conversación- no tenía ninguna forma de salir de aquella realidad. “Nuestro hijo era pequeño, lo necesitaba, no podía dejarlo así sin más y –aquí vino la perla- que la separación fuera mi culpa”.

Yo seguía estupefacta, no solo porque la infelicidad no sea razón suficiente para no continuar en una relación, sino porque la otra amiga estaba completamente de acuerdo. “La culpa del divorcio tiene que ser de ellos”.

Me explicaban que cuando les contaban a sus amistades o algún familiar que estaban pensando en separarse, la reacción inmediata era recetarles el manicomio más cercano. ¿Cómo iban a dejar aquellos portentos de hombres, llenos de virtudes, prósperos, simpáticos, espléndidos y buenos padres? ¡Tendrían que estar completamente desequilibradas!

Entonces, ocurrió el capítulo de la novela de las tres que ella estaba esperando. “Un día despedí a la muchacha que limpiaba la casa, le pagué y le pedí que no volviera más. Al rato salí y, no me preguntes por qué, decidí pasar por la oficina de mi esposo. Allí, sentadita esperándolo, estaba la muchacha. Me engañaba con la mujer que acababa de botar de mi casa. Me convertí en un demonio… y claro que era fea, siempre son feas, las únicas bonitas están en las novelas”.

Aunque el tono y la gracia con que cuenta da risa, la tragicomedia de que una mujer educada, simpática, alta, de ojos claros y súper elegante, haya sido sustituida por “la que limpia”, solo me dejó una interrogante dando vueltas. ¿Por qué tenía que haber un culpable?

Ella reconoce su responsabilidad de haberlo dejado solo, lo que nunca imaginó es que aquello ocurriera en su propia casa. Entonces, atiné a preguntar “¿y este episodio en qué cambió la realidad que vivías y las necesidades de tu hijo?”.

Según las divorciadas, hay que vivirlo para comprenderlo.

Parece que estamos programadas para la truculencia y si las excusas son tan patentes, reales y loables, como la felicidad de nuestros hijos, seríamos unas desalmadas si decidimos divorciarnos.

Para mí el divorcio es una de las circunstancias más dolorosas y difíciles para todos los involucrados y he abogado por evitarlo, siempre que la separación de las almas se ataje a tiempo.

Pero, en este caso mi mujerabilidad sufrió un revés. Debo confesar que este tipo de historias me cuestionan en lo más profundo. ¿Por qué es tan difícil llegar a acuerdos cuando se trata de des-amor? ¿Por qué necesitamos un culpable y así salir airosas? ¿Por qué, si conocemos nuestra cuota de responsabilidad, no generamos un ambiente adulto y sereno para decir: no va más? ¿Por qué necesitamos ser las víctimas de “esos desgraciados”?

Tengo la esperanza de que, tanto ellos como nosotras, nos atrevamos a vivir más en la confianza, el respeto, en fin, en el Amor concreto que día a día nos lleva a construir relaciones que puedan afrontar las realidades desde una perspectiva que nos permita asumir decisiones que generen el menor daño posible a todos los involucrados.



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