Premios, castigos, amenazas, recompensas; ¿para qué sirven?

Premios, castigos, amenazas, recompensas; ¿para qué sirven?

Para adiestrar, pero no para educar. Los métodos punitivos como el castigo físico y psicológico, el 1,2,3; el rincón de pensar o tiempo fuera, la cartelera de economía de puntos… puede que detengan o refuercen una conducta en el corto plazo, pero siempre generan repercusiones a largo plazo  como la sumisión y la victimización o la rebeldía, porque siempre humillan y son percibidos por el niño como una experiencia violenta. No educan, no enseñan al niño por qué se hacen o no las cosas. Solo condicionan a reaccionar por estímulos externos, no ayudan a construir desde adentro una ética genuina y sostenible.

Luego vemos a seres humanos que no se saben autorregular. Si no hay inminencia de un castigo o de recompensas no respetan las leyes o no cumplen con su deber. O se pliegan a órdenes y mandatos irracionales porque aprenden a obedecer ciegamente…  Vemos entonces cómo las personas irrespetan la luz roja del semáforo si no hay un policía que multe. No desarrollan el genuino deseo de cooperar porque no lograron comprender, no sienten que respetando la luz del semáforo contribuyen a mejorar la calidad de vida o porque quieren vivir en un entorno amable y hacen algo al respecto. O vemos personas que siguen ciegamente a líderes violentos u órdenes absurdas porque no desarrollaron la capacidad de pensar por sí mismas.

Los premios además, se me parecen mucho a un soborno: Si haces lo que te pido te lo doy, de lo contrario te lo quito. Entonces los niños estudian para sacar buenas notas y no por el placer o la satisfacción de aprender. Más adelante, cuando un compañero de la escuela les ofrezca una recompensa que consideren más atractiva para vender drogas, y la acepten, que no nos extrañe, porque para eso los condicionamos.

En conclusión, no puedo estar de acuerdo con métodos de adiestramiento canino para educar a seres humanos, porque a diferencia de los animales, los seres humanos contamos con el don de la razón, y en la medida en que la ejercitemos más, y desde más temprano, actuaremos razonablemente, con criterio propio, sentido común, en lugar de terminar robotizados, condicionados, adiestrados, inseguros, dependientes de la valoración exterior.

Dicho lo dicho, muchos se preguntarán: si no castigo ni premio ¿cómo educo?. Ciertamente la mayoría de los terrícolas procedemos de crianzas basadas en el adiestramiento y la obediencia donde los límites se asocian con el no constante, la represión y las estrategias punitivas. Por tanto se nos dificulta encontrar otros referentes a la hora de criar o educar a los niños a nuestro cargo.

Lamentablemente o afortunadamente, según como se vea, no existen recetas. Cada niño es único, cada vínculo es único y debe comprenderse desde la especificidad que lo define. Los niños no actúan por capricho. Para atender respetuosamente  la conducta que valoramos como inapropiada, debemos mirar su relación con el adulto cuidador, su edad o momento evolutivo y las circunstancias que le rodean.  Indaguemos tras la superficie para atender la causa y redirigir la conducta. A menudo valoramos comportamientos normales como si fueran mala conducta. Comprender qué esperar o no según cada momento madurativo nos permite tener expectativas realistas.

Saber cuál es el lenguaje o la manera de comunicación activa según la edad y características individuales motiva a los niños a cooperar en lugar de rebelarse, permitiéndonos acompañar sin causar interferencias en su desarrollo de la compresión de los límites y la disciplina. Realizar un trabajo personal de autoconocimiento para registrar las historias de abuso y desamparo en nuestras propias infancias, nos permitiría  encontrar claves para no repetir los patrones insanos de crianza con los niños presentes a nuestro cargo.

Recordemos siempre, siempre, siempre, que no hay nada más contagioso que el ejemplo. No podemos pedirle a nuestro hijo o hija que no mienta si mentimos, que coma sano cuando nosotros no lo hacemos, que respete si no les respetamos o no nos respetamos. Y cuando nos encontremos frente a una situación donde un límite es innegociable (pegar a los demás, poner en riesgo su integridad o la de otros…)  podemos ser firmes sin ser violentos.

En fin, alternativas hay, de hecho en Inspirulina, en mi blog y mis redes sociales  he publicado muchos post donde hago referencia  con ejemplos concretos de recursos para acompañar a nuestros pequeños en la elaboración de los límites connaturales de la  convivencia sin recurrir a estrategias punitivas o conductistas. Les invito a seguir explorando.



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