Primero muerto que cursi

Primero muerto que cursi

Ilustración de José Ovalles ([email protected])

Hay gente que prefiere esconder sus sentimientos ante el miedo de aparentar blandura. Personas para quienes la sensibilidad tiene matices rosa y les aterra mezclarse con ese color. Para ellos las emociones viajan en tándem con los juicios, por ejemplo: sentir alegría es bueno, expresar afecto está más o menos y revelar ternura es casi un pecado. Es gente que tiene miedo a ser cursi.

Considerada un déficit de inteligencia o una sensibilidad melosa y ramplona, además de ridícula, la cursilería les resulta un pecado porque se regodea en lugares comunes. Por ello corren en dirección opuesta cada vez que presienten su aparición. Ante lo cursi, huyen por la derecha.

Pero una cosa es tener sentido del ridículo y otra es el temor a caer en cursilerías. Lo primero nos permite socializar y resalta nuestro sentido del humor: al ser conscientes de esa línea nos ahorramos el bochorno público, pero también, podemos traspasarla para divertirnos a expensas del desparpajo. Es como un freno que aplicamos a voluntad, no solo para salvar nuestra dignidad, sino también para evitarle a los demás la pena ajena.

En cambio el pavor a dejarse llevar por cursilerías funciona más como una jaula. Cuando evitamos a toda costa caer en sus manos perdemos la oportunidad de expresarnos y de apreciar la sensibilidad de otras personas. Porque resulta ser que entre lo subjetivo del asunto y su carácter inevitable, lo cursi sirve como vehículo para soltar aquello que de otra manera quedaría encerrado en el corazón. Y sentimiento que no soltamos se pierde como la fruta en una nevera: nadie disfruta su dulzura.

Como intuirás, todo este rodeo es para confesar que no solo he perdido el miedo a lo cursi, sino que además he aprendido a apreciar la cursilería ajena. Esto me ha brindado una mayor libertad (comenzando por zafarme de los juicios ajenos) y me ha permitido valorar a las personas por quienes son, y no como creo que deberían ser. Pues aunque suene contradictorio, hay que tener personalidad para ser auténticamente cursi.

Tarjetas Hallmark, pantuflas de Mickey, porcelanas de flores lilas, canciones de Arjona, emails en cadena resaltando la amistad, poemas de secundaria… lo cursi nos acosa en todo momento, y la verdad, no es tan tóxico como lo pintan. Además, si somos honestos, todos hemos tenido episodios de cursilería. Y el que esté libre de rosado, que lance los primeros peluches.

¿Y cuál es el problema? Aparte de tener su propia estética y encanto, lo cursi ofrece licencias expresivas que hacen feliz a más de uno. Al igual que la belleza, que se encuentra en el ojo del observador, los territorios de la cursilería están en la mente. Y nada mejor que cada quien libere sus más sanos sentimientos de la manera que pueda. Incluso si vienen perfumados con potpurrí.

Por último, corre en nuestra sangre latina una propensión natural a la cursilería. Si no ¿cómo explicar algunos boleros o baladas pop, sin olvidarnos de la telenovela? Cuando dejamos los juicios de lado y permitimos que fluyan las emociones, en algún momento nos meteremos en aguas cursilonas, pero te aseguro, habrá quien reciba el regalo con una sonrisa.

P.D: No puedo mentirte. Aún me cuesta tragarme una canción de Arjona y jamás las tendría en mi iPod. Pero le respeto su lugar en el mundo. Aunque nos llene de canciones intransitables.



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