Primeros auxilios para emigrantes

Lo nuevo te causa impresión. Los recuerdos te generan tristeza. Lo desconocido te despierta temor. Los tropiezos te conducen a la frustración. Los desaires te remueven la desconfianza. La ausencia te exacerba la soledad. Los desafíos te incrementan la ansiedad. Los malentendidos te arrebatan sonrisas y los gestos desinteresados te reconcilian con la humanidad.

Emigrar, en el fondo, es eso. Un concentrado de emociones. Una bipolaridad momentánea que te lleva de la alegría a la tristeza en cuestión de segundos. Del desconcierto a la rabia. De la calma a la cólera. Y esa inexplicable inestabilidad abre la puerta a miles de cuestionamientos internos: ¿Qué siento? ¿Qué tengo? ¿Por qué estoy así? El cuerpo responde dando señales de que algo ha cambiado, y el resfrío suele ser el primero de los síntomas.

«No hay de qué preocuparse», le dirá el doctor. «Usted lo que afronta es un cuadro de desarraigo, propio de quien ha sido extraído de raíz de su entorno y ahora intenta sobrevivir en un ecosistema desconocido». Emigrar es, en cierta forma, como volver a nacer, así que no ha de extrañarnos que ese tsunami de emociones sacuda todo lo llevamos dentro. Nos estamos reinventando y eso supone hacer reajustes que, en un primer momento, no sabemos cómo afrontar.

No existe una cura rápida para este quebranto. Ni venda que tape la herida que supone dejar el país. Ni pastilla que quite el dolor de la nostalgia o pomada para bajar la hinchazón que dejan las caídas de este camino que se llama emigrar.

En su defecto, hay llamadas a casa que siempre calman, intercambio de mensajes por Whatsapp que sacan sonrisas o fotos que momentáneamente te hacen sentir más cerca de casa. Para conseguir un alivio más prolongado yo me he valido de cinco ungüentos para el alma, que procuro aplicarme todos los días. Sobre todo, cuando quiero tirar la toalla o cuando me agarra por sorpresa la desesperación.

  1. Serenidad. Emigrar es un proceso lento. Muy lento. Y no me refiero solo a una cuestión de trámites o de búsqueda de trabajo. Internamente también se vive un proceso de adaptación que requiere tiempo.
  2. Tolerancia. Te enfrentas a otro entorno muy diferente al tuyo. Eso obliga a ser más abiertos. Entender que tienes que adaptarte al país y no al revés. Llegar sin prejuicios hará el camino más sencillo.
  3. Confianza. Puede que en el país al que llegues nadie sepa quién eres o, peor aún, que a nadie le importe. Eso te obliga a recargarte de confianza en ti mismo y demostrar de qué estás hecho.
  4. Fortaleza. Habrá momentos buenos, pero sobre todo, malos. Solo la fuerza interior y la convicción clara de por qué estás allí te hará sobrellevar esas situaciones. ¿Cómo te haces más fuerte? En mi caso, trotar ha sido una terapia para ganar fuerza mental porque me impulsa a retarme todos los días. Sentir que nada es imposible, me hace sentir invencible.
  5. Fe. La conexión con Dios te hará sentir que no estás solo. Que él te lleva de la mano. Que no te abandona. ¿No eres creyente? Eso no importa, basta con agradecer por cada oportunidad, por lo bueno y por lo malo. Agradecer también es un acto de fe.

Para todo lo demás, no hay nada que una buena sopa de pollo no pueda curar.



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