Proteger no es controlar

Si tienes hijos, seguramente te has familiarizado con expresiones como “el rey de la manada” o “cuido a mis hijos como una leona”. Es esa feliz sensación que se dispara apenas vemos a nuestro hijo por primera vez, la de sentir la certeza del amor eterno, lo que nos hace querer dar lo mejor para ellos, protegerlos, resguardarlos.

Sensaciones como la tristeza, la rabia, el miedo o la impotencia empezarán a aparecer en la vida de nuestros hijos en la medida en que crecen. El instinto nos dice que hay que “arreglarlo”, para evitar el sufrimiento. Sin embargo, hay que saber cómo guiar estas experiencias con nuestros hijos. La manera en que los hagamos lidiar con las emociones difíciles determinará el temple con el que lo puedan hacer en el futuro, ellos solos. Si no quieres que tu hijo sea un adulto inseguro, dependiente de ti, mira cómo manejar estas situaciones en las que se sientan mal.

No niegues esas emociones. El llanto, la inconformidad o la ira pueden hacernos querer detenerlo todo, lo cual es más que comprensible. No obstante, no podemos optar por la negación: como los adultos, los niños deben experimentar las sensaciones para dejarlas salir, y no acumular pesares desde pequeños. Esto los ayudará mucho en el futuro.

Los límites. Muchas veces creemos que los niños merecen total libertad, y nos inclinamos hacia ello. Hablar de límites puede parecer impropio cuando vemos la naturaleza pura e inocente de nuestros hijos, pero saber fijar un (sano) límite le dará seguridad a nuestro hijo. Si eres inconsistente o muy permisivo, su comportamiento también lo será.

La naturaleza. En la medida en que crecen, se va haciendo más patente la necesidad de explorar, curiosear, aprender. Haz que pasen tiempo libre en la naturaleza. No te preocupes por si se ensucian. Con base en el punto anterior, debes saber establecer los límites para que se sientan con libertad para explorar sin sentirse estrictamente vigilados o atemorizados por potenciales caídas o raspones. Permite que su curiosidad se exprese naturalmente.

Agua. En momentos de rabia, tristeza o decepción, haz que se tomen un baño o llévalos a nadar. El agua relaja, calma, y limpia las energías. Si tu hijo es de los que sienten aversión a los baños, transforma la energía de ese momento y haz que lo vean como un juego.

Expresa el amor. No sólo de manera verbal, muy importante en principio. Bésalos, tócalos. Las referencias culturales a veces nos tienden trampas: hay padres que no besan a sus hijos, “porque eso no es de hombres”; ese comportamiento puede, por el contrario, llevar al niño a la represión y a la inseguridad. Haz que siempre se sientan amados, física y emocionalmente.

No te olvides de ti. Eres su guía, su ejemplo, el responsable de lo que tus hijos aprendan. La paternidad es una escuela sin final, y siempre debes estar atento a tus propias necesidades, para que puedas vivir plenamente, en paz, calma y seguridad.



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